Cómo los medios contribuyen a la aceptación de su régimen
Por Wilda Rodríguez
Periodista
Trump va ganando por ahora. Su primera ganancia es que tiene la atención de todo el planeta sobre él. Ha logrado que el mundo entero reciba sus ideas como posibles y hasta probables. Ya son pocos los que piensan que es locura. Ahora le temen.
La prensa y los analistas son los principales responsables de esa recepción y ese temor. Pretenden explicar y razonar como de costumbre la conducta de un gobernante, pero en este caso se trata del comodín de la poderosa oligarquía mundial de extrema derecha. A esa oligarquía le conviene ese razonamiento porque normaliza a Trump.
Cabe pensar que Trump tiene dos políticas bien definidas: la doméstica, de coronarse emperador de la más grande y poderosa dictadura del mundo; la exterior, de cambiar la geografía política a favor del nuevo imperio, convirtiendo enemigos en súbditos y amigos en empleados. Controlar hasta donde pueda las relaciones de poder. Y cuando decimos Trump, tenemos que recordar que hablamos de un régimen, no de un loco solitario. Seguimos.
Todo el mundo pensaba que Donald Trump se concentraría en su agenda doméstica, cambiando el paradigma de gobernanza de Estados Unidos por un modelo de dictadura de ultraderecha desde el gobierno federal. Sus primeras órdenes presidenciales iban dirigidas a eso: detener el gobierno federal laboral y económicamente hasta tener todo el control. O sea, detener todos los programas que conceden fondos federales, como préstamos a estudiantes, asistencia alimenticia y fondos para entidades sociales sin fines de lucro (ONG), entre otros; reducir el gobierno federal mediante el despido y/o retiro de empleados federales; eliminar la ciudadanía automática para nacidos en Estados Unidos que sean hijos de inmigrantes indocumentados; capturar inmigrantes indocumentados y devolverlos a sus países de origen; prohibir el reconocimiento de géneros que no sean masculino y femenino.
Hay más, pero estas sirven para ilustrar el modelo de gobernanza Trump: un giro total hacia la extrema derecha más abyecta. De hecho, estoy esperando por los copycats —dictadores copiones— que se ceben sobre los inmigrantes y las minorías vulnerables con proyectos de limpieza étnica, deportaciones masivas de inmigrantes y fundamentalismo religioso y social.
No se quedó ahí. Asentado el temor dentro de la casa, Trump se dedicó al ámbito internacional. Se destaca el plan para tomar el Canal de Panamá y anexar a Canadá y Groenlandia a Estados Unidos, y el plan para despoblar Gaza de los palestinos para hacer un resort (cualquier parecido a algo que conozcan no es pura coincidencia). También retiró a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud y del Acuerdo de París para afrontar internacionalmente el cambio climático. Ordenó nuevos aranceles para importaciones extranjeras y negoció algunos. Abrió una ventana a las relaciones con Venezuela, pero se enredó con el presidente de Colombia por el trato indigno a los inmigrantes colombianos.
A mí me intriga el rol que le ha otorgado Donald Trump a Elon Musk. Le ha concedido el poder para implotar el gobierno estadounidense y le permite ser su alter ego ante el planeta. ¿Qué hay detrás de esa estrategia o esa pantalla? Musk estará desquiciado de verdad, ¿pero es un desquiciado con mucho poder que se divierte siendo el payaso del presidente de Estados Unidos? ¿Dirige los violines de la orquesta? ¿O es la distracción para el acomodo de una agenda más nefasta?
Dicho todo esto, regreso a mi planteamiento original: los medios de comunicación, periodistas y analistas han sido responsables de racionalizar la conducta de Trump y eso le es conveniente al verdadero poder detrás de Trump: la poderosa oligarquía mundial de extrema derecha. En lugar de profundizar en su rol como comodín de esa oligarquía, medios, periodistas y analistas razonan sobre su conducta. Ese razonamiento normaliza a Trump. Y eso es lo que quiere la oligarquía que lo dirige.
Si Trump no es un hombre sino un régimen, entonces normalizar al hombre es normalizar el régimen. Aceptarlo como un hecho.
Muchos periodistas y analistas hacen ese trabajo porque es lo único que saben hacer, aunque no sean precisamente parte de la trama. Pero muchos más son los medios de comunicación que comulgan con la derecha, y los periodistas y analistas apologistas de esa derecha que están haciendo su trabajo por el régimen en el que creen o les paga.
Esa normalización de Trump, ese carácter de inevitable, inapelable e irreversible, es el que produce el efecto deseado: confusión y pánico. Shock.
Hay cosas que se empiezan a razonar por sobre las que razonan los medios. Trump quiere presidir a Estados Unidos sin los estados; y ya estos están reaccionando. La imposición de las órdenes de Trump tiene el efecto inmediato de dejar a los estados sin apoyo del gobierno federal, como supone el contrato de esa relación, y dislocar la economía y la sociedad. La reacción de estados de mucho poder ha quitado velocidad a la prisa de Trump.
Las órdenes presidenciales tienen sus limitaciones y el nuevo régimen lo sabe. Aunque equivalen a leyes, esas órdenes pueden ser revocadas por los tribunales o por un próximo presidente.
El régimen confía en su control sobre el Tribunal Supremo para allanar el camino a Trump. El problema es que esos procesos no son instantáneos. Un solo proceso puede ser dilatado; imagínense cientos de estos procesos pasando por los tribunales hasta llegar al Supremo.
Los ciudadanos comienzan a reaccionar desde sus propios espacios. Son miles las organizaciones que defienden los derechos civiles y humanos en Estados Unidos que ya empiezan a trabajar en sus agendas para trancar a Trump. Tienen la experiencia y el peritaje en estos asuntos. Vienen de las luchas contra la esclavitud, el racismo, la misoginia y el antifeminismo. Vienen de las luchas por la equidad, la perspectiva de género, los inmigrantes y las minorías todas. Saben lo que tienen que hacer.
Los países afectados por las medidas del nuevo régimen comienzan también a reaccionar. Son muchos y también poderosos.
Puerto Rico es, obviamente, uno de los más chiquitos y afectados por su condición colonial. Sin embargo, la oposición al nuevo régimen también se levanta aquí.
Por último, hay que recordar que el nuevo régimen tiene dos años para cuajarse. Las elecciones de medio término en 2026 le pueden arrebatar la hegemonía de la que disfruta ahora.
Todo va a depender de cuán organizados y eficaces sean la gente y los países que se le oponen. Quienes único pueden detener el trumpismo son los que se organizan para hacerlo.
Si usted quiere ser parte de esa oposición férrea al nuevo régimen que representa Donald Trump, tiene que escoger su trinchera. De lo contrario, cuando vengan a joderle a usted, no habrá quien lo defienda.
Excelente escrito.
Vamos a no dejarnos joder y a enfrentar a ese regimen de hp ,sin miedo ,todos unidos