La autora cuestiona la obsesión por analizar la personalidad de Donald Trump y plantea que el verdadero reto es enfrentarlo políticamente y detener el fenómeno que representa
Si usted está convencido de que Donald Trump es un genio perverso y esa es la explicación a todo el caos mundial que está provocando, esta columna no es para usted. Es para los que están hartos del sobre análisis de la personalidad de Trump. La obsesión por analizar a Trump supera la acción para derrocarlo. Ese es el problema.
El sobre análisis puede ser un mecanismo de miedo. Dejemos a un lado la excusa de que es rigor y esmero en entender el fenómeno. ¿Entenderlo para qué? La respuesta tendría que ser para combatirlo, no para eludir la confrontación dándole vueltas a la noria.
He leído tanta definición de la personalidad de Donald Trump que ya me parece ridículo. ¿Quién no sabe que es narcisista, megalómano, agresivo y patán? En conversaciones comunes ya se habla de hubris (soberbia en griego) como si hubiésemos aprendido el término en primer grado.
No se ven, sin embargo, agendas concertadas para salir del tipo. Ah, que las estrategias no se divulgan al enemigo. Claro que no. Pero se notan, siempre se notan, especialmente si empiezan a funcionar.
Los opositores naturales, los demócratas, tienen contradicciones muy fuertes como para decir que están echando el resto para derrocar a Trump. Los brotes de violencia en varios estados no tienen un liderazgo común. Las elecciones de medio tiempo en noviembre siguen siendo difíciles de predecir.
No se trata de disputar el coeficiente intelectual de Donald Trump. El coeficiente intelectual no dice lo que usted sabe sino lo que es capaz de aprender. Tampoco es lo más que influye en la inteligencia. Según el pensamiento moderno, lo más que influye es la inteligencia emocional, y de esa carece grandemente Trump.
Digamos que no tiene la sabiduría ni la cultura política para sacarse tanta estrategia y decisión fundamental de la manga, a menos que reconozcamos que el instinto y la improvisación pueden superar la historia y el conocimiento en relaciones internacionales.
Habrá que esperar buenos años —hay quienes dicen que un siglo— para ver si el efecto Trump funcionó o fracasó. Entretanto nos tenemos que adherir a la realidad de que Donald Trump la ha emprendido contra la historia para que se ajuste a sus términos. Nadie puede apostar a si lo logrará.
Lo que sí podemos hacer es cuestionarlo todo sin prejuicio, y eso es bien difícil sin reparar en la ideología. En cuanto a posicionamiento ideológico, Trump es indudablemente un fascista. ¿Se combate o se trata de explicar todos los días? Ahí está el dilema.
Los historiadores apuestan a que a Trump se le recordará como un político pésimo; pero para que se le recuerde como un político pésimo tendrá que tener éxito en hacer cosas pésimas. ¿Se deja correr el experimento o se para?
Lo que sí deben descartar es que Trump sea un lobo solitario de la política. Trump es un régimen, no es simplemente un hombre, loco o cuerdo, genio o patán.
La sabiduría sobre geopolítica y economía internacional para dirigir la transición a un nuevo orden mundial no se aprende jangueando. Detrás del pederasta impredecible hay un ejército poderoso de la extrema derecha que avanza con el temerario a la cabeza.
Aceptar la impulsividad y la improvisación como la naturaleza del animal y confiar en que no funcione su estilo es un riesgo enorme. Sostener los perfiles sobre narcisismo, hubris, megalomanía, agresividad o sociopatía como razón de ser y triunfar del personaje es un riesgo enorme. Es lugar común y es suficiente para Netflix, pero no para explicar cómo el tipo jode el mundo y lo dejan. Como si tuviéramos que aceptar una genialidad sacada del sombrero porque sí. Pues no.
Tomemos Irán como última genialidad de Trump. Si aceptamos que Trump sabía del concepto de war of choice (guerra por elección) antes del sábado pasado, tenemos que aceptar que tiene un gabinete de guerra montado en el hombro, como otros tienen un diablito o un angelito en los cuentos infantiles, que le hablan al oído 24/7.
¿O es intuición maquiavélica? Si pensáramos que simplemente soñó con eso el viernes y le pareció genial la idea, estamos delirando.
Irán no era una amenaza inminente para Estados Unidos, según han confirmado todos los expertos, incluyendo a los del Pentágono. La teoría es que Trump atacó ese país porque Irán está en una situación de debilidad y vulnerabilidad política interna que llevará al pueblo a aprovechar su ayuda para derrocarlo, proclamarlo a él como héroe y consolidar la supremacía de Estados Unidos en el Golfo Pérsico. Eso es una guerra de oportunidad, no de necesidad. (Que quede claro que entre la teocracia Ayatolah, el fascismo de Trump y el genocidio de Israel no hay por qué escoger).
Ahora se dice que si el gobierno de Irán resiste el empuje y no cae rendido pronto como Trump espera, será un escenario nuevo para Trump.
Los países del Golfo Pérsico, primero, y la economía mundial justo detrás, se verían demasiado afectados para seguir a Trump como corderito renuente.
Por si no lo saben, por el Estrecho de Ormuz que accede al Golfo Pérsico no solamente transita petróleo de los países del golfo, también entran muchos de los productos que consumen esos países. Nadie habla tampoco de que se vean afectadas las plantas desalinizadoras que proveen de agua potable a ciudades principales del golfo, porque tampoco olviden que además de los países de la región involucrados en el conflicto —13 ya— hay grupos armados que se sienten con derecho a intervenir como puedan a favor de Irán, como Hezbolá, los Hutíes y las milicias chiitas. Si el blanco son las desalinizadoras, una crisis humanitaria estaría a la vuelta de la esquina.
La condición que ha puesto Trump para acabar la guerra es un rendimiento incondicional de Irán. ¿Saben qué significa eso? Dejarse humillar. Irán perdería su soberanía, accedería a desmantelar su religión de toda su estructura de poder, a someter a juicio a sus líderes actuales bajo el mando de las fuerzas de ocupación y se tendría que aislar totalmente de sus países amigos, entre otros.
No paso por alto que la soberanía es un elemento de democracia e Irán no es precisamente un país democrático, pero sí reconocido como Estado soberano por la comunidad internacional.
Tampoco paso por alto que la división entre los iraníes existe. Si Trump tiene o no razón en que eso los llevará a derrocar su gobierno y elegirlo como héroe, es otra cosa.
En otras palabras, este asunto es complicadísimo y tiene demasiados actores. El único de ellos que saldría realmente ganando es Israel.
(No crean que me sé esto porque soy experta en geopolítica. Ni de lejos. Pero leo todo lo que me aparece ante las narices para contribuir a la verdad para ustedes).
Seguimos con Trump. El ataque a Irán se atiene a los principios de apuesta económica que se le atribuyen a Trump como modus operandi y que ha contradicho su promesa de cero conflictos bélicos bajo su cargo con siete intervenciones militares a seis países desde que asumió su segundo término: Yemen, Somalia, Nigeria, Siria, Venezuela e Irán (dos veces).
Pregunto nuevamente: ¿tenemos que aceptar una genialidad sacada del sombrero como responsable de su conducta una y otra vez?
Entonces viene el razonamiento popular: “Es que él no es un genio político, es un genio económico”. No es verdad.
Vamos a Russ Buttner. Buttner es un periodista investigativo del New York Times que lleva años largos estudiando las finanzas de Trump para el Times. Ha publicado muchísimo sobre el tema, pero lo que nos lo trae al caso es que señala con datos que cuando Trump busca la candidatura a la presidencia por el Partido Republicano (2016) sus propiedades en Manhattan estaban a poco de irse a ajuste. No generaban suficiente dinero para cubrir sus hipotecas y se vencían las deudas.
“Muchos de sus campos de golf carecían de jugadores suficientes para cubrir los costos. El flujo de millones de dólares anuales procedentes de su época como celebridad televisiva se había agotado en su mayor parte y una oleada abrupta de juicios amenazaba con devorar todo su dinero. Entonces, cuando consiguió la nominación republicana, todo empezó a cambiar”.
Buttner ha publicado que la fortuna de Trump llegó a bajar a $54 millones en un momento dado, lo que es menudo en ese mundo multibillonario. Desde que logró la nominación, comenzó con sus hijos una nueva etapa de inversiones, especialmente en criptomonedas. O sea, que no le sirvió su método para conservar la fortuna que heredó. Buscó otro.
Según la investigación de Buttner, la presidencia le ha proporcionado a Trump $1.4 billones en ganancias. Menudo genio financiero o menudo con man (estafador).
Si no es un genio financiero y no tiene cultura política, ¿qué otra cosa lo puede haber llevado a la presidencia y al poder? ¿Una personalidad carismática? ¿Un tipo guapo y simpático? ¿En serio? Para mí siempre ha sido fofo y soberbio. Una persona carismática es capaz de venderle hielo a un esquimal porque es persuasivo y empático, no impositivo y embustero. Puede ser un manipulador, pero lo disimula. Trump no es carismático. Es un bully.
Podría extenderme y escribir una tesis completa sobre la naturaleza de la bestia. Ese no es mi propósito. De hecho, hay también tanto escrito sobre este tema que es imposible leerlo todo. Estoy agotada y lo que me falta. No sé si hay más tesis sobre la fama planetaria de Bad Bunny o la sociopatía de Trump.
Mi planteamiento —que para algunos será pretencioso por mi condición de periodista en la colonia— es que lo que importa es detenerlo, no hacerle un perfil para la historia.
Los que asumen que simplemente es un genio maquiavélico que le está comiendo los dulces a la academia y a la historia, sigan durmiendo de ese lado.
Los que no, busquen, cuestionen y aten cabos. Hablen, discutan, no lo dejen pasar por alto. Eso es lo más que le conviene a los copycats de la autocracia aquí en la colonia: el silencio. Aprovechan para afincar su petit fascisme.
Nos tocaría hacer como aconsejan contra los ladrones: hágaselo difícil e incómodo. Póngale muchos obstáculos. Grite y pataletee. Eso en cuanto a lo nuestro. En cuanto a la obligación que tenemos como parte del planeta, nos corresponde combatir el fascismo de donde quiera que venga, porque escrito está que si lo dejan, vendrá por nosotros.
No podremos parar el fascismo en Estados Unidos y el mundo, pero sí nos toca pararlo aquí antes de que sea demasiado tarde y correr la voz.





