El regreso al trabajo y la escuela se asume no como una rutina ordinaria, sino como un acto de resistencia y cuidado tras un mes que promete desafíos económicos y sociales
Por Sandra Rodríguez Cotto
En Blanco y Negro
Finalizo una Semana Santa que, sobre el papel, invita a la paz, pero que, en la práctica, nos ha devuelto un espejo de nuestras fracturas sociales más profundas.
Mientras algunos buscaron el olvido en el exceso o desafiaron la fuerza de la naturaleza yendo a meterse en la playa, en esas costas peligrosas donde se les ha dicho que en esta época del año se llevan tantas vidas, muchos, como yo, elegimos la trinchera del hogar, cuidándonos y cuidando de los nuestros ante un panorama que se siente, por decir lo menos, cuesta arriba.
Pero el mundo se enfrenta a muchas encrucijadas. Es como un laberinto del que parece difícil salir, porque el panorama, tanto en Puerto Rico como en todo el mundo, luce sombrío.
No podemos ignorar que el mundo parece resquebrajarse. La violencia local, esa que se lleva vidas en nuestras carreteras por la irresponsabilidad del alcohol o en nuestras calles por la criminalidad, es el eco cercano de las guerras en otros lugares del planeta, como lo que se vive en Gaza e Irán. La escasez y la pobreza, unidas a la violencia, como la que se vive en Haití o en Cuba, son absolutamente reales.
Por eso, la geopolítica no es un concepto lejano cuando impacta directamente en el bolsillo con el alza de la gasolina, o cuando vemos líderes globales más preocupados por el espectáculo y la retórica de división que por la humanidad misma.
Pero, ante ese espejo que me devuelve el mundo, opto por dar una mirada a la fe. Por eso siento que lo más impactante de estos días ha sido, sin duda, el recordatorio de que la divinidad no puede ser escudo para la destrucción, como dijo el papa León XIV.
La postura contra la “justificación divina de la guerra”, como han querido decir gente como Donald Trump de lo que hacen en Irán, nos obliga a repensar. Si Dios es vida, cualquier acto que promueva la muerte —ya sea una guerra transatlántica, los bombardeos en Irán o la negligencia de un conductor ebrio en Barranquitas— es una contradicción de lo sagrado.
Así que hoy termino estos días de reflexión y me alisto para el retorno a lo cotidiano y a las rutinas.
Pido a Dios discernimiento para no dejarnos engañar por discursos políticos vacíos. Pido también prudencia para seguir protegiéndonos en un entorno que a veces olvida el valor de la vida. Y pido resiliencia. Esa palabrita fastidia porque la gente la pone de moda, pero es real porque, aunque el petróleo suba y la criminalidad asuste, nuestra labor como madres y trabajadoras es el motor que realmente sostiene lo que queda en pie.
Hoy lunes se reanudan las clases y el trabajo. El mundo no ha cambiado mágicamente durante el Domingo de Pascua. De hecho, los desafíos personales y del mundo para este mes siguen ahí, esperándonos. Sin embargo, hay un valor inmenso en haber pasado estos días con los míos, acompañándonos, en silencio, cuidándonos y reflexionando en paz. Esa pequeña burbuja de cuidado a veces es nuestra verdadera fuerza.





