La salida de Francisco Domenech de La Fortaleza no necesariamente pone fin a la lucha de poder entre Jenniffer González y Tomás Rivera Schatz

La autora es periodista, analista, escritora y parodista.
¿Se acabó la pelea entre Tomás Rivera Schatz y Jenniffer González con la despedida de héroe a Francisco Domenech?
Hace un mes escribí aquí mismo, en EyBoricua, que la victimización de González como estrategia mediática es toxicidad política. Es razonable preguntarse si Rivera Schatz es cómplice de esa estrategia. Tóxico es Rivera Schatz sin necesidad de cómplices, pero bruto no es.
¿Realmente nos quieren hacer creer que Rivera Schatz y González se van a tablas con la “salida” de Domenech de La Fortaleza?
No. Lo saben todos los actores de esta sátira. Lo único que gana Rivera Schatz es que se vaya Jenniffer González y se lleve a Domenech. Hacer creer que el problema de ella es Domenech, y no ella misma, es cogernos de pendejos otra vez.
La cultura de la victimización en la política —echarles la culpa a otros de los desaciertos de una figura política— es una táctica viejísima para buscar justificaciones, no soluciones a los problemas. Como cultura laboral, es una enfermedad contagiosa: un círculo vicioso que absorbe sistemas completos.
¿Qué se negoció? ¿Se dieron cuenta de que la lucha de poder interna, al aire libre, le causaría un daño irreparable al PNP? ¿O aceptaron que los dos tienen igual peso o son igualmente vulnerables?
¿Se va con Domenech la orden ejecutiva que lo declaró primer ministro o jefe de Gobierno para manejar el gabinete y el Gobierno?
La OE-2025-008, que firmó Jenniffer González en enero de 2025, delegó la gobernación en Francisco Domenech. Me atrevo a decir que, si los fiscales especiales que investigan la conducta despótica de Domenech se atienen a la letra de la orden ejecutiva —que nadie ha cuestionado ni considerado inconstitucional—, tendrán que concluir que el secretario de la Gobernación hizo lo que le facultó a hacer la gobernante electa, con guille de reina de Inglaterra.
Todo lo que hizo Domenech está contenido en la veintena de poderes otorgados por la OE-2025-008.
Ahora bien, ¿qué pasará con esa orden ejecutiva? ¿El próximo secretario de la Gobernación tendrá los mismos poderes que Domenech o González emitirá una nueva orden a la medida del sucesor? Por lo que lamentó González y por lo que se vanaglorió Domenech, ese hombre no es reemplazable.
La otra pregunta que surge de inmediato es qué significa para Domenech volver a la vida privada. Perdonen mi desconfianza, pero no puedo creer en el candor y la sinceridad de Domenech al decirnos cuáles son en realidad sus planes.
El cargo que todavía ocupa Domenech se creó en 1986, y quien primero lo ejerció fue Sila María Calderón. Hay un abismo entre ambos. Puedo diferir de Calderón en muchas cosas, pero le reconozco su integridad y su intención honesta de servicio. Nunca vino —no tenía por qué— a servirse del Gobierno para enriquecerse, cosa que no podemos decir de Domenech.
Vale preguntarse cuál debe ser el futuro de esa posición tan privilegiada y omnipotente, que no requiere ser electo ni honesto.
Aunque mucha gente no lo ve, poco a poco —demasiado lentamente para mi gusto— el sistema se va desmantelando. Ya no somos electores inocentes a quienes abate una corrupción que no ven venir. Ahora sabemos que, como todo en la vida, es cuestión precisamente de elegir. Eliges políticos honestos o eliges políticos corruptos.
Los corruptos plebeyos siempre acaban peleándose entre sí, contrario a los corruptos de la aristocracia capitalista que domina el mundo. Esos duermen juntos.
Aunque ellos no lo van a admitir, la lucha por el poder y el dinero dentro del Partido Nuevo Progresista le ha hecho un daño irreparable a esa colectividad. Si es suficiente para derrotarla, todavía no lo sabemos. Para arriba no va.




