
Es un autor, escritor, empresario, asesor y defensor de la soberanía nacional y la descolonización puertorriqueña radicado en Nueva Jersey y Puerto Rico. Sus libros incluyen “PREXIT: Forjando el camino a la soberanía puertorriqueña” y “Puerto Rico: Hacia una economía nacional soberana.”
Durante más de un siglo, Puerto Rico ha vivido bajo un régimen colonial que no sólo ha limitado su desarrollo político y económico, sino que también ha erosionado profundamente la psicología colectiva del pueblo puertorriqueño. Esta erosión no es superficial; es estructural, generacional, educativa, cultural y emocional. La peor de todas sus consecuencias no es solo la dependencia económica ni la subordinación jurídica, sino la creación de una mentalidad colonial – un síndrome del colonizado – que condiciona a generaciones de puertorriqueños a ver la sumisión colonial como estabilidad, y la libertad como amenaza. Combatir esta mentalidad es una de las tareas más urgentes si aspiramos a construir una nación verdaderamente libre, próspera y soberana.
La prisión mental del colonialismo
El colonialismo no sólo ocupa territorio: ocupa mentes. En Puerto Rico, la mentalidad colonial ha sido sembrada meticulosamente por medio de la educación, los medios de comunicación, las políticas asimilistas estadounidenses, la política partidista y la dependencia institucional. Desde edades tempranas, se nos enseña a desconfiar de lo nuestro, a dudar de nuestra capacidad como pueblo, a considerarnos inferiores a los americanos, a vernos como pequeños y a ellos grandes, y a creer que sin Estados Unidos no podemos ni podríamos sobrevivir. Esa narrativa colonial, como vimos en las elecciones del 2024, se repite como un mantra colectivo: “Sin ellos, nos hundimos”.
Este pensamiento no es casual; es parte de un diseño nefasto de control foráneo que busca mantener al puertorriqueño en un estado de sumisión permanente – antes vía el terror y la violencia política, pero hoy vía el miedo. Al igual que el hijo adulto – un manganzón – que nunca se atreve a salir de la casa de sus padres por miedo al fracaso, sectores del pueblo han adoptado una posición de parálisis psicológica ante la idea de la libertad y la independencia. Lo trágico no es que falten capacidades – porque Puerto Rico tiene el talento, los recursos y la creatividad – sino que sobra miedo y un sentido de incapacidad colectiva.
La contradicción del emprendimiento libertario colonial
En los últimos años, ha surgido un fenómeno interesante: muchos de los que se identifican como defensores del libre mercado, la iniciativa privada y el emprendimiento, rechazan frontalmente la soberanía nacional. Se autodenominan capitalistas y libertarios, pero dependen del mantengo federal y el miedo colonial. Hablan de libertad económica y “menos gobierno”, pero promueven la dependencia estructural y abrazan al gigantismo y control gubernamental estadounidense. Esta contradicción revela una gran verdad: no se puede ser verdaderamente capitalista sin soberanía nacional.
Un país que no controla sus leyes, su economía, sus tratados comerciales ni sus recursos naturales no puede hablar de libertad de mercado. El emprendedor que defiende la subordinación política vive una contradicción existencial. Está como el manganzón que dice querer libertad financiera y menos control de “mami y papi”, pero que sigue viviendo en casa de sus padres jugando videojuegos y pidiéndole una mesada a los 40 años. Es una “derecha de pacotilla” que vive del mismo modelo paternalista que dice criticar.
La dependencia como cultura política
La colonia no solo distribuye fondos, dictámenes y desigualdad; distribuye temores y conformismo. Políticos, influencers, líderes partidistas de barrio e incluso algunos académicos se han convertido en voceros de esa nefasta narrativa del miedo. Cada vez que se habla de independencia y soberanía, ante la carencia de argumentos racionales, sacan el cuco del colapso, del caos, del éxodo y de la pobreza – irónicamente los males que vivimos ahora mismo como colonia. Pero lo que en realidad temen no es el fracaso de la independencia, sino el éxito de una nación libre. Porque si Puerto Rico logra prosperar como país soberano, quedará al descubierto que el verdadero obstáculo al desarrollo siempre fue el colonialismo.
En mis artículos anteriores he explicado cómo Puerto Rico, con un Producto Interno Bruto (PIB) de más de $125 mil millones, tiene una economía mayor que la de varios países soberanos. Contamos con recursos naturales, talento humano, sectores estratégicos con potencial de expansión (como energía renovable, economía azul, turismo ecológico, agricultura regenerativa y farmacéutica avanzada), y una posición geoestratégica envidiable. Lo que nos falta no es capacidad, es voluntad nacional.
La soberanía como antídoto al miedo
Superar la mentalidad colonial requiere más que argumentos económicos o jurídicos. Requiere una revolución educativa, cultural y emocional. Tenemos que enseñarle a nuestra juventud que no somos hijos bastardos de los EEUU, sino herederos de una nación grande, digna e histórica. Tenemos que construir una nueva narrativa nacional en la que ser puertorriqueño no sea sinónimo de carencia e inferioridad, sino de posibilidad, oportunidad, fuerza y grandeza. La soberanía no es un capricho ideológico. Es un derecho inalienable, pero también una necesidad urgente y estratégica. Sólo un Puerto Rico soberano puede tener el poder legal y político para transformar su economía, reestructurar su sistema educativo, administrar sus recursos, proteger a sus trabajadores, regular sus costas, firmar acuerdos comerciales propios, defender su cultura y, sobre todo, crear una nueva visión de futuro que no esté subordinada a los intereses coloniales de Washington y ningún país foráneo.
Salir de la casa y construir la patria
El momento histórico que vivimos exige valentía y patriotismo. Ya no podemos permitir que el miedo nos paralice. La independencia no es el salto al abismo que nos han hecho creer. Es el salto a la madurez, a la libertad, a la responsabilidad, a la transformación y un mundo lleno de oportunidades. Es el paso que dan los pueblos que se cansaron de mendigar permiso para existir.
Puerto Rico no tiene que esperar la aprobación de nadie para ser libre. Lo que necesita es despertar. Despertar del letargo colonial, de la falsa seguridad del mantengo y subordinación foránea, de la resignación disfrazada de pragmatismo.
Como he dicho antes: “Los pueblos no se salvan pidiendo permiso ni alabando sus cadenas, sino reclamando su libertad y su lugar en la historia.” Y Puerto Rico está más que listo para escribir su propio capítulo – como nación libre, digna y soberana.




