Una joven artista reflexiona sobre el impacto cultural del momento y hace un llamado a valorar el arte que educa y transforma
Por Sofía Lorena Cuevas Pagán
Puerto Rico está viviendo un momento histórico. La residencia artística de Bad Bunny en el Coliseo de Puerto Rico ha provocado algo más que una avalancha de conciertos: ha puesto a nuestra isla en el centro de la atención mundial. Y aunque no hace falta ser fan ni aplaudir cada verso de sus canciones, lo cierto es que este fenómeno nos ofrece una oportunidad única.

Como joven puertorriqueña, artista y estudiante del sistema público, me emociona profundamente pensar que, en medio de esta euforia colectiva —que moviliza millones, medios y multitudes—, también podamos abrir un espacio para mirar hacia adentro. Para preguntarnos qué otras expresiones culturales podrían (y deberían) recibir igual entusiasmo, apoyo y visibilidad.
Pienso en nuestras Bellas Artes. En los teatros donde se cuenta la historia de nuestro pueblo. En los salones de danza donde niñas y niños aprenden con rigor, pasión y disciplina. En las orquestas juveniles que transforman la vida de tantos jóvenes. En los museos, los murales, las exposiciones, las compañías de ballet, los grupos de teatro escolar, los talleres de pintura en las comunidades. Allí también está Puerto Rico. Allí también está el alma de quienes somos.
Mientras el género urbano logra reunir miles en una sola noche y genera un impacto económico estimado en cientos de millones, nuestras Bellas Artes luchan por sostenerse con presupuestos mínimos. Y, sin embargo, su contribución es incalculable. Nos dan identidad. Nos enseñan empatía, respeto, belleza, pensamiento crítico. Nos invitan a ser mejores seres humanos. A soñar con una sociedad más justa y luminosa.
Desde Paoli hasta Bad Bunny, el mundo ha aplaudido el talento que vibra en esta tierra. Pero el talento no nace por generación espontánea: florece cuando se cultiva. Y nuestras Bellas Artes han sido, por décadas, el terreno fértil donde germina ese talento. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos vivirlas con orgullo y con compromiso.
La residencia de Benito puede ser una plataforma para mostrar al mundo también nuestras raíces. Que quienes nos visiten conozcan nuestros museos, nuestras escuelas especializadas de Bellas Artes, nuestras salas de teatro, nuestras compañías de danza. Que descubran el arte que nos emociona, que nos sana, que nos une.
No se trata de contraponer una expresión artística con otra. Se trata de equilibrio. De reconocer que un país que celebra el arte popular también debe proteger y fomentar el arte que educa, que eleva, que construye. Que nuestras Bellas Artes no son un lujo: son una necesidad vital.
Por eso, invito a todos —jóvenes, familias, artistas, educadores, líderes— a convertir este momento en una oportunidad cultural. A sumar creatividad y compromiso. A llenar también los teatros, las exposiciones, los recitales y los talleres de arte comunitario. A compartir obras de nuestros artistas en redes sociales, a organizar eventos abiertos al público, a llevar el arte donde más se necesita.
Puerto Rico vibra con talento en todas sus expresiones —desde el reguetón hasta el ballet— y eso merece celebrarse con respeto y alegría. Apoyar nuestras Bellas Artes es sembrar esperanza, regar futuro y levantar patria. Yo creo en un Puerto Rico mejor. Y mientras haya juventud dispuesta a soñar con belleza y a crear con amor, jamás nos faltarán motivos para creer.
Nuestras Bellas Artes…
Que no se apaguen. Que se enciendan.
Que las vivamos, con orgullo, con pasión,
como el arte de ser quienes somos.
¡Puertorriqueños!

Sobre la autora
Tiene 16 años y cursa estudios en la Escuela Especializada en Ballet Julián E. Blanco del Departamento de Educación de Puerto Rico. Es representante estudiantil en su escuela y forma parte de la compañía profesional Ballets de San Juan, reconocida como Patrimonio Cultural Intangible del Pueblo de Puerto Rico. Ha sido reconocida por el Senado de Puerto Rico por su compromiso con la promoción de las Bellas Artes en la educación pública.




