La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. redefine al Caribe como una zona de control militar y geopolítico, colocando a Puerto Rico en el centro de su lógica colonial
Dr. Rolando Emmanuelli Jiménez
Abogado y Profesor de Derecho
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional publicada en noviembre por Estados Unidos redefine al Caribe como un espacio exclusivamente subordinado a su poder militar, económico y geopolítico. Bajo el llamado “Trump Corollary” a la Doctrina Monroe, Washington declara abiertamente que controlará rutas marítimas, infraestructura crítica, recursos energéticos y estratégicos, y movimientos migratorios en todo el hemisferio.
No hay sutilezas: el documento deja claro que ninguna potencia extranjera puede tener presencia en la región, y que Estados Unidos se reserva el derecho de usar fuerza militar donde lo estime necesario. Puerto Rico, por su ubicación estratégica, vuelve a colocarse en el centro de una lógica colonial que pretende administrar nuestro territorio como si fuéramos una base militar gigante y no un pueblo con derecho a existir y decidir.
Mientras esto ocurre, los puertorriqueños seguimos atrapados en un estatus territorial que sirve precisamente para perpetuar esa visión. No tenemos control sobre nuestra política energética, nuestras telecomunicaciones, nuestros puertos, ni siquiera sobre el manejo de emergencias, que debería ser un asunto estrictamente nacional.
El propio documento federal reconoce que Puerto Rico es un nodo crítico en las cadenas de suministro, en la vigilancia marítima y en la proyección de poder hacia el Caribe y América Latina. Esa clasificación no nos otorga derechos: nos convierte en instrumento, en plataforma, en pieza de ajedrez movida por manos ajenas.
El problema no es nuevo, pero ahora es explícito. El lenguaje de “seguridad nacional” y “protección del hemisferio” reaviva la misma lógica de ocupación que justificó la invasión de 1898, la expropiación de tierras, la imposición de bases militares y experimentos sociales sobre nuestra gente. Puerto Rico vuelve a ser tratado como una frontera militarizada, no como una nación. Y cada vez que un estratega en Washington mira un mapa del Caribe, nuestro país aparece subrayado como activo, no como patria.
Esa mirada colonial explica por qué no avanzan las reformas políticas y por qué el Congreso evita discutir seriamente cualquier fórmula descolonizadora. El territorio sirve demasiado bien a los intereses imperiales: está cerca de las rutas, es controlable, no tiene voto, no tiene soberanía y ha sido moldeado durante un siglo bajo un marco jurídico subordinado. Por eso nos entretienen con la promesa eterna de la estadidad, una narrativa diseñada para posponer la discusión real de la descolonización y desviar la atención del poder que podríamos ejercer si asumimos la lucha de frente. Esa estrategia no debe desanimarnos, sino recordarnos que la descolonización avanza precisamente cuando el pueblo decide organizarse y reclamar su lugar en la historia.
Sin embargo, esta coyuntura, por dolorosa que sea, también ilumina el camino. Si los Estados Unidos han decidido reafirmar su control, entonces a nosotros nos toca reafirmar nuestra voluntad de ser libres. No se trata de victimismo ni de indignación momentánea: se trata de organización, conciencia y acción política. Es la hora de que la independencia deje de ser vista como un sueño lejano o como una consigna para convencidos, y se convierta en proyecto nacional capaz de disputar el futuro inmediato del país.
Los independentistas —y todos los puertorriqueños que aspiran a vivir en un país digno— tienen la obligación histórica de levantarse en este momento. La doctrina imperial no se combate con silencio ni con resignación, sino con militancia, con educación política, con trabajo nacional y con propuestas claras que demuestren que un Puerto Rico soberano es viable, necesario y urgente. Cada organización, cada colectivo, cada ciudadano tiene un rol que asumir, porque la colonia no colapsa sola: se desmonta con presión política sostenida y con voluntad colectiva.
La estrategia estadounidense nos recuerda que ningún imperio renuncia a un territorio estratégico por cortesía. La única fuerza capaz de romper el diseño colonial es un pueblo movilizado, consciente de su presente y dueño de su porvenir. Ya no basta con observar el deterioro democrático desde la distancia ni lamentar la intervención constante en nuestras decisiones internas. Ahora es el momento de convertir la indignación en organización y la esperanza en acción.
Puerto Rico merece un futuro que no esté definido por intereses militares ajenos, sino por las aspiraciones de su gente. Ese futuro comienza cuando nosotros decidimos ponernos de pie, hablar sin miedo y construir, desde ahora, el país que queremos heredar. La historia nos está llamando otra vez: respondamos con firmeza, con creatividad y con la convicción profunda de que la libertad no se mendiga, se ejerce.




