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MUNDIALES

Srebrenica: el trauma de los cascos azules

Los cascos azules de Srebrenica se sienten abandonados por la ONU y por Holanda, no solo durante la misión, sino también después

Jaski tenía 23 años, Edo 21 y Ben (en la imagen) acababa de cumplir los 18 cuando llegaron a Srebrenica. Eran "hombres de Naciones Unidas" en misión internacional. Se sentían intocables, guardianes de la paz. En julio de 1995, sin poder hacer nada por evitarlo, más de 8.000 hombres y niños fueron ejecutados frente a sus ojos. EFE/ Imane Rachidi

La Haya, 22 jul (EFE) – Jaski tenía 23 años, Edo sumaba 21 y Ben acababa de cumplir los 18 cuando llegaron a Srebrenica. Eran “hombres de Naciones Unidas” en misión internacional. Se sentían intocables, guardianes de la paz. En julio de 1995, sin poder hacer nada por evitarlo, más de 8,000 hombres y niños fueron ejecutados frente a sus ojos.

“Olía a pánico, a muerte”, revive Jaski.

“Intentamos que la gente tuviera al menos un minuto para decirse adiós”, recuerda Ben.

“¿Hice lo que pude?, ¿lo hicieron mis superiores?”, se pregunta todos los días Edo.

Desde hace 25 años, ellos y otros muchos exsoldados conviven con el trauma de la mayor masacre ocurrida en Europa desde la II Guerra Mundial, aguantan el desprecio de una parte de la sociedad que les tilda de cobardes y persisten en su batalla judicial contra el Gobierno holandés por haberlos abandonado en una “misión suicida”.

“UNA AVENTURA”

“Para mí era una aventura. Nunca había estado más allá de los campamentos de Alemania o Bélgica. Era emocionante”, reconoce Ben Stidge, que vive con su mascota en una casa en la frontera holandesa con Alemania, aislado de la sociedad y adicto al cannabis, que le ayuda a controlar el síndrome postraumático.

Srebrenica, un enclave de mayoría musulmana en el este de Bosnia, rodeado de pueblos de mayoría serbobosnia, había sido declarado zona desmilitarizada en 1993 y albergaba desde entonces un batallón de la UNPROFOR, las fuerzas de Naciones Unidas que debían vigilar el alto el fuego.

Pero no tenían capacidad para hacerlo, y en julio de 1995, las brigadas serbobosnias tomaron el enclave sin apenas resistencia.

Miles de combatientes bosnios intentaron romper el cerco y llegar a Tuzla, en territorio bosnio, a través de los bosques. Algunos lo consiguieron, pero la mayoría cayó exterminada en emboscadas de las brigadas serbias.

Quienes quedaron en Srebrenica buscaron protección ante la base del Dutchbat (batallón holandés): unas 25,000 personas, en su mayoría civiles. No les sirvió de nada. Las brigadas serbias separaron a mujeres, niños y ancianos de hombres o adolescentes en edad de combatir: el primer grupo fue deportado a Tuzla, el resto ejecutado sistemáticamente. Entre el 11 y el 22 de julio murieron 8,370 personas.

Los cascos azules no intentaron impedirlo. No pudieron: frente a unos 5,000 combatientes serbios solo quedaban 350 holandeses mal armados: hacía tiempo que los serbios habían impedido un suministro regular de munición, medicina, comida.  Y a pesar de las reiteradas solicitudes del batallón, nunca se recibió el apoyo aéreo necesario. Lo único que podían hacer, así lo creyeron, era colaborar con las brigadas serbias para facilitar “un traslado pacífico” de los civiles a Tuzla.

Detalle de un casco azul de Naciones Unidas. EFE/ Imane Rachidi

LO HUMANAMENTE POSIBLE

“No había una alternativa buena. Estoy seguro de que, de no estar nosotros allí, nadie habría salido vivo del enclave. No habrían puesto autobuses hacia Tuzla, habrían aniquilado a todos en el enclave. ¿Hicimos lo humanamente posible? Sí, creo que sí”, sostiene Edo van der Berg. “Todos nos culpan de los 8,400 muertos, pero no hablan de los 30,000 que siguen vivos”.

“Nuestra misión no era meternos en una guerra. Ningún soldado entraría en combate con un vehículo blanco (de la ONU) y un casco azul en su cabeza”, añade. Para defender el enclave, dice, habrían hecho falta 10,000 soldados. “La misión era mantener la paz. Pero cuando llegamos había de todo menos paz”, recuerda desde el salón de su casa en Frisia, lugar que ha convertido en un museo, decorado con la bandera y el casco de la ONU, fotos y varios objetos militares.

“Los serbios violaron a las chicas, había pánico entre la gente. Unas 30.000 personas llevaban semanas escondidas, sin lavarse, sin comer, olía a pánico, a muerte, esa gente estaba totalmente perdida”, recuerda Jaski Portegies Zwart. Una noche escucharon gritos y llantos y fueron a ver qué pasaba: un chico que, por miedo a los serbios, golpeaba la cabeza contra una piedra para suicidarse porque no tenía una cuerda con la que ahorcarse, como hicieron otros tantos.

“Intentamos frenar las torturas, la violencia, el maltrato, hacer que la gente tuviera al menos un minuto para decirse adiós. Puede sonar estúpido ahora, pero los serbios no lo permitían: sacaban a la gente del grupo con palos, perros y amenazas. Tratamos de hacer todo eso más humano”, justifica Ben.

Edo lo recuerda con detalle: “Tuvimos que formar una fila, mano con mano, y un serbio nos tocaba a uno de nosotros para apartarse y dejar pasar a 20 o 30 refugiados, luego mandaba cerrar. Ahí se veía que esos hombres no tenían sentimientos. Si una madre estaba fuera y el niño aún dentro, y te mandaban cerrar la fila, tenías que cerrar”.

Los soldados obedecían, sabían quién mandaba. Para llegar desde Zagreb al enclave de Srebrenica, cruzando territorio bajo control serbio, el pelotón de Ben tenía que parar en un control cada pocos kilómetros y pasar ahí tres horas.

“Un serbio entra en el bus, te ordena salir, te pone el DNI junto a la cara, ahí entiendes que nosotros no estábamos al mando”, relata Ben. “Al principio te crees parte de un Ejército indestructible, y dos días después te dejan claro que no tienes el control. Los serbios eran quienes dictaban lo que teníamos que hacer y cómo hacerlo”.

El trauma de esos días ya nunca ha abandonado a Ben. Describe su casa como su “propia prisión”, un hogar simple rodeado de vallas que impiden la visión desde el exterior. Aquí puede tener todo bajo control: “Siempre debo tener la nevera llena, algo estúpido, luego tiro muchas cosas a la basura, pero lo necesito. ¿Por qué? ¿Quizás porque estuve tres meses casi sin comida? No sé”.

Hablar de Srebrenica le llena aún los ojos de lágrimas. “Fue volver de una zona de guerra y llegar a casa con los tuyos, que tienen más preguntas que tú respuestas. Ahí retrocedes y construyes un muro a tu alrededor. En mi caso ya no se puede romper”, dice.

Estuvo en el Ejército dos años y medio, pero tras Srebrenica ya no era capaz de obedecer ordenes sin cuestionarlas. Volvió a la vida civil, pero en 2002 “estalló la bomba” del trauma y empezó la caída: dejó de trabajar, el psiquiatra lo medicaba, perdió su casa y pasó seis años viviendo en la calle.

“No quiero formar parte de la sociedad y sigo adicto al cannabis, es mi medicamento para controlar la cabeza y no sentir esas emociones. Sigo teniendo pesadillas y flashbacks. A veces me pregunto cómo sería mi vida si fuera una persona normal, con una familia y esas cosas”, reconoce.

VIDAS DETENIDAS

Los cascos azules de Srebrenica se sienten abandonados por la ONU y por Holanda, no solo durante la misión, sino también después. Entre el 30% y 50% (dependiendo de la fuente) necesita ayuda psicológica para vivir con las secuelas, muchos perdieron su trabajo o se aislaron de la sociedad; otros se quitaron la vida.

Un documento del gobierno británico, publicado a finales del año pasado, sacó a la luz que Estados Unidos, Francia y Reino Unido sabían, una semana antes, que los serbobosnios se disponían a capturar los enclaves musulmanes en su zona, incluida Srebrenica.  Al no ponerse de acuerdo sobre cómo reaccionar, no advirtieron a los holandeses, ni enviaron el apoyo aéreo que les pedían.

Edo llegó a Srebrenica en su 21 cumpleaños y tampoco supera el recuerdo. “Durante los últimos 25 años, nuestra vida se ha detenido. Sigo atrapado en lo que yo era hace 25. Trato de mejorar, hace un año empecé un tratamiento del trauma; está siendo una montaña rusa de sentimientos”, describe.

Sus recuerdos sobre lo ocurrido en Srebrenica no coinciden con lo que contaba la prensa holandesa. Ahora duda de su propia memoria. “¿Realmente pasó eso? ¿Vi eso? ¿Puedo confiar en mi mente? Esa es la batalla más dura que tuve que librar estos 25 años. Estás luchando contra una historia que se está contando un año tras otro, sin coincidir con lo que tu tienes en la cabeza”, lamenta.

Jaski era el mayor de los tres cuando se alistó en la unidad. Advierte de que la sociedad y la prensa les pueden “culpar de lo que quieran”, pero ellos, que estuvieron allí, saben “dónde están los culpables” de esa masacre.

“El mundo entero nos dejó caer. Menos mal que después de tantos años, se va entendiendo lo que de verdad pasó y que no nos pueden echar nada en cara. Sí, estábamos protegiéndolos, estando ahí, no luchando”, insiste Jaski, que dejó el Ejército holandés y puso rumbo a Alicante (España) en 2006.

“No tenía miedo a la muerte. Será porque era joven y pensaba que podía con el mundo entero”, asegura.  “Yo habría hecho mi trabajo hasta el último momento. Cuando me dieron la orden de ir al frente entre los bandos que se estaban matando, lo hice. No lo veía ni mal, ni bien, para eso firmé, soy militar y esa es la orden”, remacha. Pero no llegó la orden de enfrentarse a las brigadas serbias.

El Gobierno holandés reconoció en 2016 que el Dutchbat III había sido enviado a una “misión imposible”, algo que estos tres veteranos llevan un cuarto de siglo denunciando. “Yo no estoy orgulloso de esa misión. La indecisión de la comunidad internacional fue lo que terminó con miles de vidas y eso es una vergüenza”, subraya Jaski.

Una de las cosas de las que Ben culpa al Gobierno holandés es “la comunicación” después de la masacre porque “trataron de silenciar todo, y eso creaba ante los holandeses una imagen muy extraña” de los cascos azules.

Por eso, varios veteranos han llevado al Estado holandés ante los tribunales, porque, señala Ben. El Gobierno “trató de hacer todo lo posible para mantener la idea de que los cascos azules son en parte los culpables”. Y al mismo tiempo los abandonó, no se preocupó por su situación, no hizo nada para facilitar tratamientos para su trauma y los dejó sobreviviendo a la culpa ante la sociedad.

“Pasa un año, la gente a tu alrededor ya no habla de Srebrenica, pero tú te vas a la cama, te levantas y vives con Srebrenica. En el barrio, los vecinos me decían ‘Eso ya pasó, deja de quejarte, hay que seguir adelante’. Pero tú no puedes seguir adelante cuando no tienes las respuestas ni la paz. ¿Hice lo que pude? ¿lo hicieron mis superiores?”, se pregunta Edo.

Fue entonces cuando empezó a vivir solo. “La gente te ignora, no tiene interés en lo que pasa en tu cabeza, y ahí llega el Síndrome Postraumático: cuanto más contacto tienes, más construyes un muro a tu alrededor. Sonríes, pero por dentro te estás muriendo poco a poco”.

“Cuando estás tratando de encajar algo, pero la sociedad te machaca como si tu fueras el culpable de tantos miles de muertos, te sienta muy mal. Muchos amigos se suicidaron, otros sufren psicosis, otros han abandonado a su familia y toda su vida…” reflexiona Jaski. “Nos hacen sentirnos como criminales. Srebrenica me afecta y me afectará el resto de mi vida”.  

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