A los 12 años, el Dr. José Guillermo Torres Meléndez rescató una talla que su abuela había botado. Hoy su colección de más de 500 santos es la más grande a la vista del público en Puerto Rico
SAN JUAN, Puerto Rico
El Dr. José Guillermo «Billy» Torres Meléndez tenía 12 años cuando encontró un Cristo crucificado tirado en un latón de basura, en la casa de su abuelo paterno en la calle Progreso de Morovis. Sus abuelos tenían un colmadito en esa misma calle, y a él le tocaba barrerlo. Su abuela había descartado la talla porque tenía polilla. Todavía hoy se ven las marcas.
«Yo lo cogí por motivos religiosos», recordó.
Aquel Cristo se le atribuye al santero orocoveño Francisco Rivera, nacido en 1840. Torres Meléndez lo rescató, lo curó y lo atesoró como recuerdo de su abuela. Fue el primer santo de una colección que hoy pasa de 500 piezas. Ahora se exhibe en el Museo de los Santos y Arte Nacional (MUSAN), en la avenida Ponce de León, en Santurce, junto a una foto de la casa de la calle Progreso y un retrato de sus abuelos. Torres Meléndez es el fundador y director emérito del museo.
De una monografía a una vida entre santos
La afición se volvió estudio en la universidad. Cuando su profesor se enteró de que tenía un santo puertorriqueño, le asignó una monografía sobre el tema y lo envió a Orocovis a conocer a Celestino Avilés Meléndez, el tallador que organizó en 1982 el primer Encuentro de Santeros. Avilés sería luego el tema de su tesis doctoral y de su libro Nacionalismo cultural. El tallador de santos Celestino Avilés Meléndez: del nacionalismo político al nacionalismo cultural, 1976-1984.
Desde entonces, no ha dejado de coleccionar. A veces cambiaba piezas con otras personas. Otras veces, cuando alguien moría y a su familia no le interesaban los santos, se los donaban o se los vendían. «He comprado bastante», admitió.
Nacido en Morovis, Torres Meléndez tiene un doctorado en Medicina General y otro en Filosofía y Letras e Historia de Puerto Rico del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, además de una maestría en Administración Pública de la Universidad de Puerto Rico. En julio de 2018 presentó la ponencia Los significados de la talla de santos en la cultura popular puertorriqueña en el XVII Congreso Latinoamericano de Religión y Etnicidad, en Toro, España, con el auspicio de la Universidad de Valladolid. En el Gabinete de Arqueología de La Habana presentó El nacionalismo cultural puertorriqueño representado en la talla de santos. Presidió por varios años el Centro Cultural de Morovis Diógenes Colón Gómez y ha colaborado con frecuencia en programas de radio como «Hasta las piedras hablan» y «Voces de la Cultura».
Del internet a la Ponce de León
El MUSAN nació en 2005 como museo en línea y colección privada. En 2007 empezó a recibir al público por cita previa, con visitantes de distintas partes del mundo. Cuando el espacio se quedó pequeño, en 2018 se formó una organización sin fines de lucro, y en 2019 se adquirió el edificio de la Ponce de León. «Lo compramos, está pago», dijo Torres Meléndez. El museo abrió sus puertas el 12 de noviembre de 2022, con una junta de directores.
«En cuatro años hemos logrado más que muchos otros museos», afirmó.
No fue el primer intento. En la década de 1970, varios coleccionistas fundaron el primer Museo de los Santos en la Casa de los Contrafuertes, en el Viejo San Juan. Tiempo después cerró sus puertas, y los santos pasaron a exhibirse en otros museos y en galerías comerciales.
«Nuestros primeros escultores»
Para Torres Meléndez, hay algo que el puertorriqueño promedio desconoce de su propia artesanía. «Estos fueron nuestros primeros escultores», dijo. «Gente que no tenía ningún conocimiento de arte, y crearon esas figuras para llenar una necesidad espiritual del pueblo puertorriqueño de esa época, que pensaba que los santos le iban a resolver los problemas».
Los letreros del museo explican esa necesidad. En el campo no había iglesias ni sacerdotes, salvo unos pocos sacerdotes itinerantes. Las humildes casitas estaban retiradas unas de otras y era difícil transportarse. En la mayoría de los hogares había pequeños santos de madera que servían de mediadores para conectarse espiritualmente.
Cada santo tenía su encomienda: San Antonio, para encontrar objetos perdidos o un futuro novio; San Ramón Nonato, para los partos difíciles; Santa Lucía, para los ojos; Santa Bárbara, para los rayos; San Isidro Labrador, para los trabajadores; San Miguel Arcángel, para cuidar los negocios. A San Antonio, recordó Torres Meléndez, hasta lo ponían de cabeza, como chantaje, para que aparecieran los objetos perdidos.

Las tallas son de madera, particularmente de cedro. «Porque es la más fácil para tallar y la más resistente a la polilla», explicó. Ninguna de las piezas antiguas está firmada. «Es historia oral, no había documentación, no está escrito», dijo. «Ellos no se consideraban artistas».
Aun así, se sabe quién las hizo. Gracias a la investigación de Teodoro Vidal, Ricardo Alegría y otros coleccionistas, el 90% de la colección permanente puede atribuirse a santeros o familias específicas por los cortes de cuchillo y el estilo. Según el museo, esa es la particularidad de Puerto Rico: en toda la América hispanohablante se tallan santos, pero en otros países los autores siguen siendo anónimos.
Los letreros enseñan a leer esas firmas: las coronas, capas y cuellos de los Cabán; los mentones puntiagudos de Crespo; las mejillas sonrosadas del Cachetón; los «ojos de alcoba» de Arce; la virgen y el niño negros de Cajigas; los rostros infantiles e inocentes de Rivera; las expresiones individuales de las 11,000 vírgenes de Pacheco. Torres Meléndez se detuvo ante una Virgen del Carmen de las que llaman santos niños. «Se supone que tiene la cara de adulta, pero tú le miras la cara y tiene el encanto de una niña. Inocencia», dijo. «Estos son muy buscados por los coleccionistas».

Dos siglos de talla
La colección permanente abarca doscientos años de talla, de 1750 a 1950. Entre sus piezas hay una Virgen del Carmen que es la única de la colección con ojos de cristal. También hay milagros, pequeñas figuras que se ofrecían a los santos según la parte del cuerpo afectada. Algunos eran de plata o de oro, «pero la mayor parte eran de latón, porque éramos y seguimos siendo pobres», dijo Torres Meléndez.
Algunas piezas solo existen aquí. La Virgen de los Reyes es la patrona de Sevilla, donde se asocia a la monarquía, y no tiene nada que ver con los Reyes Magos. Pero el tallador puertorriqueño la reinterpretó y se los añadió. «Así que eso nos singulariza a nosotros», dijo Torres Meléndez. Una de las del museo es obra de Pedro Arce (1857-1951), de la reconocida familia de talladores de Arecibo. Según la guía del museo, refleja la influencia de la emigración andaluza en la isla.
Otras tallas cuentan la historia del país. La de Santa Úrsula y las 11,000 vírgenes recuerda la vigilia nocturna de las monjas para salvar a San Juan de la invasión británica de 1797; el museo exhibe una versión de Ceferino Calderón (1911-2004), de Morovis.
La Virgen de Monserrate, una de las devociones más arraigadas del país, se asocia con el Milagro de Hormigueros. Según una de sus versiones, al hacendado Giraldo González lo atacó un toro salvaje mientras buscaba bejucos para hacer canastas. Invocó a la Virgen y el animal cayó con las patas delanteras dobladas. En ese lugar se levantó una ermita. La del MUSAN se atribuye a José «Pepe» Ramos, de San Sebastián del Pepino, cuyas piezas se reconocen por una nariz muy pronunciada.
También está la huella del sincretismo. La Mano Poderosa «nunca la vas a ver en la iglesia católica, pero sí en los altares del espiritismo», explicó Torres Meléndez. La del museo es de Juan Ramón Vélez, «Moncho Batata».

Otra vez, la basura
La pieza más antigua del museo también se salvó de la basura. Es un Cristo del siglo XVIII que perteneció a don Teodoro Vidal, uno de los grandes estudiosos de la tradición santera.
Cuatro años después de la muerte de Vidal, sus herederos contrataron a unos empleados para limpiar su casa en Caparra Heights, en Puerto Nuevo. Allí encontraron dos cajas llenas de santos y una caja de libros de su última publicación. A través de un amigo en común, contactaron a Torres Meléndez, que adquirió y restauró la colección.
Entre sus curiosidades hay unos Tres Reyes Magos en miniatura del santero Genaro Rivera, de Morovis, tallados en un solo pedazo de cedro. Según el museo, es la pieza de Reyes más pequeña que se ha podido recuperar.

Las manos suelen ser lo primero que se pierde. «Yo siempre me he dado cuenta de que en las piezas más viejas las manos son las más vulnerables, porque se mueven, es lo que queda expuesto, y se caen», explicó Torres Meléndez. Según el museo, la falta de manos es común y no afecta significativamente el valor ni la importancia de una talla.
La colección sigue creciendo. En 2025, la familia de Elizabeth Whelan donó al MUSAN, en su memoria, más de 40 tallas que ella reunió desde los años 60, cuando se mudó al Viejo San Juan desde Portland, Oregón. Lo hicieron como reflejo de la convicción de que «estos objetos necesitan compartirse con el pueblo de Puerto Rico como parte esencial de su patrimonio».
Santos a la vista
Para Torres Meléndez, esa es la razón de ser del MUSAN. «Es el museo en Puerto Rico donde más santos tienen a la exhibición», dijo. Según él, el Instituto de Cultura Puertorriqueña tiene un sótano con más de mil santos, «pero no están accesibles al público. Aquí los tenemos accesibles».
Las paredes del museo cuentan también cómo los santos llegaron a las vitrinas. En la década de 1920, Francisco «Paco» Sein, profesor de la Universidad de Puerto Rico natural de Lares, llevó una caja llena de santos a un salón de clases para mostrársela a don Ricardo Alegría. A Sein se le considera el primer coleccionista de santos del que se tiene conocimiento.
En 1935, la orden de los Dominicos llevó santos a una exposición internacional en Róterdam, Países Bajos. Fue la primera vez que se exhibieron fuera de la isla. En 1939 llegó la primera exposición en Puerto Rico, en la galería Rincón Español del Viejo San Juan, con la colección de Sein. La colección del Dr. Fernando Monserrate se exhibió en el Cooper Union Museum de Nueva York en 1953 y en el Ateneo Puertorriqueño en 1954. Con la creación del Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1955, Alegría impulsó el documental El Santero, protagonizado por el escultor Zoilo Cajigas, de 96 años. Su «Huida a Egipto» también forma parte de la colección del MUSAN.
La tradición sigue viva
La talla no se quedó en el pasado. Para la década de 1980, una generación mayor de santeros seguía tallando, más como tradición cultural que como necesidad religiosa. Ante la disminución de santeros, Celestino Avilés organizó en 1982 el Encuentro de Santeros en Orocovis, en el centro geográfico de la isla. Llegaron unos 12 talladores.
En aquellos encuentros de Orocovis, los talladores tenían la oportunidad de mercadearse y vender sus piezas. Como parte del evento se hacía el relevo de la bandera puertorriqueña, que se izaba hasta la parte más alta de un árbol de mango. Cuando pasó el huracán María, del árbol solo quedó una rama. «Se salvó esa rama, la conseguimos y ahí la tenemos», dijo Torres Meléndez.

Hoy el evento se celebra cada tercer domingo de diciembre, se llama Encuentro de Santeros y Talladores y reúne a decenas de artesanos. Las tallas nuevas incorporan la bandera, la pava, el cuatro y el güiro. Hay hasta Reyes Magos en motocicleta.

El MUSAN celebra cada año su aniversario, en noviembre, con una exposición abierta a todos los talladores, desde principiantes hasta maestros. Este noviembre, además, presentará una exhibición dedicada al Ánima Sola.
Del santo tallado al stop motion
El museo se define como «más que un museo tradicional»: un centro cultural comunitario que celebra el rico patrimonio artístico de Puerto Rico «como inspiración para la expresión artística contemporánea».
Esa idea se ve ahora mismo en sus salas. Desde el 24 de septiembre, el MUSAN presenta Anécdotas de un San Pedrito, del artista visual y director de animación Quique Rivera, quien creó junto a su equipo de Acho Studio a Concho, el personaje del proyecto Debí Tirar Más Fotos, de Bad Bunny. Rivera se inspiró en los nichos de santos para crear estampas escultóricas de la vida cotidiana puertorriqueña, protagonizadas por el San Pedrito, un ave endémica que, por su nombre, es también un pequeño santo.
Para Torres Meléndez, la exhibición es una manera de sostener la tradición. Invita al público a comparar los nichos de los siglos XIX y XX de la colección con «lo que está haciendo Quique Rivera ahora». La muestra ocupa la sala itinerante del museo, donde se presentan distintos artistas durante tres meses «con la idea de atraer a los jóvenes».
Su mensaje, dice, cabe en una línea. «Fueron nuestros primeros escultores. Y entonces tenemos que preservar estas tallas, porque nos hablan de nuestra historia, de quiénes fuimos y hacia dónde vamos», afirmó. «Con decir nada más que fueron nuestros primeros escultores, ya vale la pena conservar esas tallas».
Para visitar
El MUSAN está en la avenida Ponce de León 1673, en Santurce. Abre los sábados y domingos, de 11:00 a. m. – 4:00 p. m. La entrada es un donativo sugerido de $6 para adultos y $3 para estudiantes. El museo es una organización sin fines de lucro y toda donación es deducible de impuestos; se puede donar por ATH Móvil en /MUSAN o por PayPal.
Para complementar el recorrido, el museo tiene una guía gratuita en Bloomberg Connects, una aplicación de arte y cultura. Se descarga con el código QR que hay en la sala e incluye fichas y audios sobre las piezas destacadas y la historia de su fundador. Más información en musan.org y en @musanpr.




