La guerra revela el límite del poder estadounidense, el ascenso estratégico de Irán y el riesgo de que Puerto Rico siga atado a una potencia en declive
Por Dr. Rolando Emmanuelli Jiménez
Abogado y Profesor de Derecho
Lo que acaba de ocurrir en el Oriente Medio no puede leerse solamente como otro episodio de destrucción. Hay guerras que se ganan ocupando territorio, y hay guerras que se ganan alterando para siempre la correlación de fuerzas. En ese segundo sentido, Irán puede reclamar una victoria.

La guerra comenzó el 28 de febrero de 2026 con ataques injustificados de Estados Unidos e Israel contra Irán. Cinco semanas después, el resultado no es la pacificación de la región ni la reafirmación del poder imperial estadounidense, sino una tregua precaria, mercados alterados, rutas marítimas bajo tensión y peaje y un reconocimiento implícito de que Washington no pudo imponer una rendición rápida ni un nuevo orden regional a su antojo.
Por eso la tesis central de esta columna es simple. Aunque Irán haya sufrido daños severos, el saldo estratégico del conflicto favorece a Teherán. No porque haya destruido a sus adversarios, sino porque demostró que puede hacerles pagar un costo global demasiado alto por intentar someterlo. Esto, también, tiene consecuencias para Puerto Rico.
La primera dimensión de esa victoria es militar. Estados Unidos y sus aliados entraron en la guerra con la expectativa de doblegar a Irán mediante superioridad tecnológica y castigo aéreo. Sin embargo, cinco semanas después y billones de dólares en gastos, el propio gobierno estadounidense habla de una pausa y no de una victoria final, mientras el alto mando militar advierte que los combates podrían reanudarse si la diplomacia fracasa. Eso no es lenguaje de hegemonía consolidada; es lenguaje de contención e incertidumbre.
La segunda dimensión es económica, y quizá sea la más importante. Irán no tuvo que derrotar a la Marina estadounidense para probar su poder. Le bastó con interrumpir de facto el tránsito por el estrecho de Ormuz, la ruta por donde pasa cerca de una quinta parte del petróleo mundial, para estremecer el sistema económico entero. El resultado fue una subida abrupta del crudo, una dislocación del transporte marítimo y una alarma económica global que alcanzó desde Asia hasta Europa.
Reuters reportó que, durante la crisis, el Brent superó los $110 por barril y que luego cayó por debajo de $100 cuando se anunció la tregua de dos semanas. Esa sola secuencia dice mucho. Irán probó que no necesita una paridad militar convencional con Estados Unidos para alterar la economía mundial. Le basta con tener capacidad de presión real sobre uno de los puntos neurálgicos del capitalismo global.
El Fondo Monetario Internacional también advirtió que esta guerra empuja la economía mundial hacia menor crecimiento y mayor inflación. Cuando una potencia atacada logra que el costo de continuar la agresión se vuelva insoportable para el resto del planeta, no estamos ante una derrota estratégica suya. Estamos ante la demostración de un nuevo poder de veto.
La tercera dimensión es política. Los estados árabes del Golfo, que durante décadas vendieron la idea de que la protección estadounidense era una póliza de seguro infalible, salen de esta guerra más inseguros que antes. La mera presencia de bases norteamericanas en su territorio dejó de verse como garantía de estabilidad y empezó a verse como fuente de riesgo. Este riesgo se extiende a la permanencia de sus regímenes monárquicos dictatoriales. Esa transformación mental puede ser una de las consecuencias más duraderas del conflicto.
También Israel sale de esta etapa sin haber conseguido una victoria política decisiva. La propia Associated Press reporta que, pese a los golpes militares, persisten la incertidumbre, los daños regionales y la inestabilidad interna. En otras palabras, la guerra no consolidó el proyecto de seguridad israelí. Lo expuso como un proyecto cada vez más dependiente de una escalada bélica permanente, y de seguro, cambiará el panorama político de ese país.
La cuarta dimensión es moral. El momento más revelador de toda esta crisis ocurrió cuando Donald Trump amenazó con que “una civilización completa” podía morir esa misma noche. Esa frase no mostró fuerza. Mostró crueldad y decadencia. Mostró el degradación moral de un poder imperial que, incapaz de ordenar el mundo, recurre al lenguaje del exterminio genocida.
Cuando el jefe del imperio habla así, no solo compromete su legitimidad jurídica. También pierde autoridad moral ante el Sur Global. Por eso Irán, más allá de simpatías o diferencias ideológicas, aparece ahora ante muchos pueblos como un símbolo de resistencia soberana frente al abuso colonial de las grandes potencias. Ese es un triunfo político que no se mide únicamente en misiles, sino en percepción histórica.
Todo esto tiene consecuencias directas para Puerto Rico. Nosotros vivimos atados a una potencia que ya no ofrece estabilidad y bienestar, sino peligro. Una potencia capaz de arrastrar al mundo al borde de una catástrofe, disparar la inflación energética y luego exigir obediencia ciega a sus colonias y periferias. Permanecer dentro de esa órbita no es seguridad. Es exposición y deterioro.
Puerto Rico, además, es particularmente vulnerable a estas crisis. La Administración de Información de Energía de Estados Unidos sigue señalando que nuestra matriz depende fuertemente de combustibles fósiles importados, mientras el país sufre cada alza del petróleo en la factura eléctrica, el transporte y el costo de vida. Aunque la energía solar en techos ha crecido hasta representar 15% de la capacidad instalada, el sistema todavía está demasiado atado a combustibles importados y, por tanto, a los choques geopolíticos del imperio.
Por eso esta guerra también desnuda a la clase política colonial puertorriqueña. Los políticos que aquí repiten servilmente la agenda de Washington, los que aplauden a Trump o callan ante sus excesos, los que administran la colonia como gerentes de una sucursal imperial, son cómplices de un orden que nos pone en peligro. No pueden seguir vendiendo la relación con Estados Unidos como sinónimo de sensatez, democracia o progreso.
Eso incluye a la Junta de Control Fiscal y a los administradores locales que ejecutan su libreto. Mientras el imperio se hunde en guerras, amenazas y descomposición moral, aquí sus agentes nos exigen obediencia fiscal, privatización y subordinación política. Pretenden que sigamos amarrados a un barco que hace agua por todos lados.
La crisis del Oriente Medio no debe verse desde Puerto Rico como un espectáculo lejano. Debe verse como una advertencia y como una oportunidad. Advertencia, porque depender de una potencia en decadencia imperial entraña un riesgo existencial. Oportunidad, porque el reordenamiento global que ya está en marcha abre más espacio para reclamar lo que siempre debió ser nuestro: soberanía, autodeterminación e independencia.
La lección es dura, pero clara. Cuando un imperio empieza a perder su capacidad de disciplinar al mundo y solo conserva la capacidad de amenazarlo, su declive entró en etapa terminal. Y cuando ese declive se acelera, las colonias sensatas no se aferran a la metrópoli. Buscan la salida.
Irán, con todos los matices que cada cual quiera hacer, ha demostrado que el poder imperial no es invencible. Ha demostrado que el costo de la agresión puede volverse insoportable. Y ha demostrado, sobre todo, que el mundo unipolar se resquebraja.
Puerto Rico debe leer esa grieta con inteligencia histórica. No para romantizar la guerra, sino para entender que el siglo está cambiando. Y que, en ese cambio, seguir siendo colonia de Estados Unidos no es prudencia. Es suicidio político.





