Un análisis sobre el impacto del poder, la salud mental y la narrativa política en tiempos de extremismo
Por Wilda Rodríguez
Periodista
Robert Jay Lifton, psiquiatra estadounidense, considera que Donald Trump está en un proceso de deterioro de su salud mental, la que describe como de embustero en serie y solipsista. Ambas condiciones son inherentes al narcisismo como condición patológica, o sea, una enfermedad de salud mental.
¿Reduce eso la perversidad de Trump a que está loco? ¿Cómo acaba una potencia mundial en manos de un loco? ¿Cuánto daño le puede hacer un loco al mando a su país y al mundo? ¿Quién lo va a declarar loco, incapacitado para el cargo y sacarlo de la Casa Blanca?

Si me pudieran contestar la última pregunta, consideraría la posibilidad de que esté loco. Al no tener respuesta para ella, la locura de Trump sigue siendo una excusa para imponer el privilegio, la autoridad y el control de la extrema derecha sobre el mundo. Atribuirle locura es otra manera de normalizarlo: (“Está loco, bendito. Los locos no saben lo que hacen”).
Trump no está loco, aunque, por su edad y estilo de vida, está sujeto a un desgaste de salud mental. Trump tampoco es un fenómeno único en la historia. Donald Trump es el rostro de un régimen organizado por el capitalismo salvaje para dominar todo lo que pueda en tiempo récord. Un régimen fascista. Trump es la cereza en el mantecado. Si se cae o alguien se la come, el mantecado sigue en la copa.
El psiquiatra Lifton, de credenciales impecables como catedrático e investigador, aún a sus 97 años de edad, es perito en violencia política. Desde hace meses es consultor de periodistas y analistas sobre la salud mental de Trump. Tan temprano como el 10 de septiembre de 2024, en una charla con el National Press Club, esbozó su teoría sobre el deterioro y el solipsismo de Trump, que es algo así como un paso más allá del narcisismo, en el que el sujeto no tiene, no concibe, otra realidad que no sea la suya y actúa de acuerdo con esa convicción.
Lifton plantea que Trump nos ha impuesto también una normalidad maligna en la que su perversidad se acepta como realidad, aunque la resistamos. O sea, ha impuesto su propia realidad como normalidad. Es un serial liar, categoría que va por encima del mero embustero compulsivo (mitómano).
Todo eso, como diagnóstico, me parece excelente. Estoy dispuesta a aceptar la opinión de psiquiatras y psicólogos estadounidenses —incluyendo a Lifton— que dicen que Trump padece de demencia y pronostican que la demencia lo incapacitará en menos de cuatro años. Ojalá tengan razón.
Lo que no me parece tan excelente es que nos quedemos admirando nuestra capacidad para diagnosticar a Trump con la ayuda de expertos. Son demasiados expertos para mi gusto. Sospecho que puede haber más deseo que ciencia en los diagnósticos de Trump. Que yo sepa, ninguno de los cientos de expertos que diagnostican a Trump en los medios lo ha examinado.
Tampoco, sin embargo, puedo desestimar que muchos de esos expertos son autoridades probadas en su campo. Lo son. Eso me alienta a unirme al deseo de que tengan razón.
El problema está en seguir mirando a Trump como un fenómeno, el malvado en una película de política ficción o un loco que no sabe lo que hace. No hay tiempo para seguir teniéndolo bajo observación. Tampoco a Jennifer González y Tomás Rivera Schatz.
Casi todos los políticos que conozco son narcisistas en mayor o menor grado. Pero si tuviera que comparar a algunos de nuestros políticos contemporáneos con Trump, señalaría a González y Rivera Schatz.
No pueden llegar a los extremos de Trump porque, por desgracia para ellos, son líderes en una colonia que carece de poderes que controlar. No me es difícil pensar, sin embargo, cómo serían si fueran Trump. Igualitos. Embusteros en serie que viven e imponen su propia realidad. Narcisistas descontrolados. Déspotas palurdos. Pero locos no están, aunque tengan problemas de salud mental. Son funcionales, para nuestra desgracia.
Trump, como presidente de una gran potencia, tiene más capacidad para hacer daño. Pero los otros dos no dejan de ser un peligro.
Jennifer González ha llegado al rango más alto en la colonia y actúa como la dictadora de una república bananera. Mantiene una media sonrisa cínica mientras anuncia sus voluntades como inapelables. Su próxima mentira siempre supera la anterior. Vive una realidad propia hecha a la medida: gran líder, gran gobernante, gran mamá. Y ni siquiera gobierna. Se buscó quienes lo hagan mientras ella se exhibe. Su peritaje es en figuretear.
Rivera Schatz es todavía más burdo. Provocador y desafiante, usa su lenguaje corporal y verbal para intimidar e ir a extremos de violencia política, no física, pero violencia igual, contra sus adversarios. Su realidad es como la de González, la que debe imperar. Considera su posición de presidente del Senado como la de más alto rango y poder, por encima de la gobernación.
Es comprensible que muchos esperen uno o varios encontronazos entre González y Rivera Schatz. Ambos son dictadores por naturaleza y no pueden serlo desde un mismo trono. Ellos mismos le han puesto nombre a lo que hacen, ¿recuerdan? Se llama “jugar a la república”… como dictadores.
En esa ambición de absolutismo, Trump, Rivera Schatz y González son de la misma camada.
Les he dicho antes que, para enfrentar a Trump, hay que elegir una trinchera y activarse. Igual contra González y Rivera Schatz, con la diferencia de que, a falta de poder real, ellos están tan ciegos y llenos de incertidumbres como todos nosotros sobre las intenciones de su supuesto líder político para con Puerto Rico. Para ellos es peor, porque, por ser sus aliados, deberían leer mejor a Trump. Que no lo puedan hacer debería dar una ventaja a la resistencia y a la oposición.
El diagnóstico de los expertos sobre Trump —que yo aquí intrépidamente hago extensible a González y Rivera Schatz— debe servir de herramienta. Saber a lo que una se enfrenta siempre es ventaja.
Lifton dice que Trump va a seguir montando una mentira sobre la otra. Seguirá también reaccionando con mucha ira a quienes no aceptan su realidad. Y se deteriorará. Cuánto aguanta sin romperse es la interrogante.
González y Rivera Schatz son más jóvenes y aguantan más. Aunque la demencia ataca a cualquier edad.
Lo que realmente se preguntan muchos puertorriqueños es otra cosa: ¿cuánto aguantarán sin arrancarse la cabeza? Esa es nuestra interrogante.
Sentarse a esperar a ver qué pasa es nuestro problema.






Porque nosotros como pueblo elegimos a estos gobernantes? Estamos locos tambien?
Mayra lkado