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La melancolía de la izquierda

Wilda Rodriguez Por Wilda Rodriguez
6 de junio de 2026
En OPINIÓN
Tiempo de leer:11 mins de lectura
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Las derrotas históricas pueden dejar cicatrices, pero no deben convertirse en excusas para abandonar la lucha por la democracia

Wilda Rodriguez

La autora es periodista, analista, escritora y parodista.

¿Ustedes recuerdan la Primavera Árabe? ¿Saben por qué se menciona tan poco en el contexto de las nuevas luchas sociales por la democracia? ¿Por qué la izquierda no sigue presumiendo de ella como lo hizo en la segunda década de este siglo? Porque no fue el éxito utópico que se esperaba.

Nos dio muy duro ver el regreso de países que dieron esa lucha a regímenes totalitarios y crisis humanitarias. Por frustración con el resultado inmediato, se ha optado en muchos círculos de izquierda por no adjudicar mucho crédito político a esa gesta y hasta dejar de mencionarla. Cuando la he mentado por curiosidad a la reacción, he recibido toda clase de gestos, de resignación hasta impaciencia. Levantar las cejas y no decir nada es la más común de las reacciones.

Estoy más inclinada a la versión de Mohamad Elmasry, profesor de comunicaciones en el Instituto de Estudios Postgraduados de Doha (Qatar), quien sostiene que la Primavera Árabe no ha terminado, solo está durmiente.

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Un poco de memoria: la Primavera Árabe (2010-2012) fue aquella ola de protestas espontáneas contra regímenes dictatoriales que rompió en Túnez y se pasó a Egipto, Libia, Siria, Yemen y Bahréin. Cuatro dictadores árabes fueron derrocados —Ben Ali de Túnez, Mubarak de Egipto, Muamar Gadafi de Libia y Abdullah Saleh de Yemen—. Eso no bastó. Las represalias de los gobiernos militares fueron devastadoras y se reconoce que en esos países la revolución por la democracia no ha sido un éxito… todavía.

Ese todavía es crucial para entender las dos corrientes generadas por la secuela de la Primavera Árabe: la del desencanto y la frustración que se conoce como “melancolía de la izquierda” y la de Elmasry de que esto no se ha acabado. Es en una combinación de ambas, conocida como “melancolía rebelde”, que el sociólogo Michael Löwy sugiere que se sustituya con la historia revolucionaria el desencanto y el pesimismo de un sector de la izquierda que se está echando a perder. O sea, recurrir a la verdad mayor que han dejado todos los movimientos por la democracia de los últimos dos siglos: de las derrotas no se recula, se aprende.

(Explico una vez más que no soy una intelectual que tengo toda la información que necesito en la sesera. Mucho menos una ducha en geopolítica. Soy una periodista que estudia y se prepara en los temas con los que tengo un compromiso con ustedes.)

¿La lucha por la democracia se detiene por lamentos de fracaso? Por supuesto que no. ¿Debemos tenerle miedo a que las luchas populares espontáneas como las que estamos viendo generarse en Puerto Rico culminen en un gobierno peor al que tenemos? Claro que no. ¿Nos cruzamos de brazos hasta que logremos la organización utópica de las masas, la ruta clara de una ideología emancipadora y líderes y movimientos reconocibles y aceptables? No.

Lo que hay que hacer es seguir aprendiendo. Esa es la responsabilidad de los que vinieron antes de nosotros, la de nosotros y la de los que vienen después de nosotros. Cagarse del miedo no es la opción.

Cuando cayó el Muro de Berlín, muchos sabíamos que se fortalecería el capitalismo salvaje y nos clavó el neoliberalismo. Cuando cayó la Unión Soviética sabíamos que Rusia se convertiría en una cleptocracia. Boris Yeltsin complació las predicciones de inmediato y la mafia rusa no ha decaído desde entonces.

La cautela de la izquierda hacia luchas que no controla tiene el bonito nombre “melancolía de la izquierda”. Lo acuñó hace unos años Enzo Traverso, historiador italiano y profesor en la Universidad de Cornell, reconocido como uno de los estudiosos más profundos de la política contemporánea. Según Traverso, la izquierda está todavía en duelo por la caída de sus utopías en el siglo veinte. Ha perdido el optimismo en todas las luchas emancipadoras del fin del comunismo para acá.

Eso es terrible. La melancolía es un sentimiento que puede convertirse en una enfermedad seria. Para mí, pensar que ese sentimiento puede paralizar a quienes movieron el mundo con la idea de que la igualdad debe ser el principio y el fin de toda nuestra humanidad me asalta de manera especial porque me da pena y me da coraje. Que mi izquierda, y lo digo así en términos posesivos, que mi izquierda pierda la confianza en un futuro mejor y de que vamos a ser los primeros en forjarlo, me da tristeza, pero más me da coraje. No puedo concebir que nos dediquemos a predicar y juzgar desde el pesimismo y la desconfianza.

Esa actitud es más común en lo que conocemos como la izquierda dura o radical. No haber sido comunista (aunque reconozca la genialidad del marxismo) me coloca en lo que muchos llaman despectivamente la izquierda blanda. Nos acusan de ser un grupo sin definición, organización y coherencia. Ni tanto.

Me considero anarquista en teoría e ideología. No en promover el caos, como quieren hacer entender los que lo promueven, sino en el anarquismo como una sociedad sin jerarquías ni autoridades de represión, basada en la autogestión y la ayuda mutua. Democracia participativa en su mejor expresión. ¿Utópico? Claro que lo sé, la diferencia está en que ni me considero dueña de la verdad, ni trato de imponerla. Sueño con ella y vivo con la ilusión de contribuir a ella. Lo importante del pensamiento político y sus diferencias en este caso es que sí creo en la opción de organizarse sin líderes ni manuscritos de cómo luchar. De hecho, ha sido la norma.

Hablemos de líderes. Pasamos por alto que ahora los influencers son líderes hasta que se pruebe lo contrario. Algunos pueden ser educados o muy perspicaces y hasta los hemos validado en su camino a la notoriedad, primero con una tolerancia arrogante y más tarde reconociendo sus aportaciones al discurso público. Otros son fotutos o aspirantes a la fama que caen por su propio peso o no transitan más allá de su nicho. A estos corresponde desenmascararlos, claro que sí, pero no perder mucha energía con ellos. A medida que las redes sociales avancen, surgirán más y podemos estancarnos en eso, que es al fin y al cabo el propósito de la derecha.

Es cierto que la lucha sin estructura puede desembocar en algo peor que lo que tenemos. Que puede recalar en un caos y en un vacío de poder que sea terreno fértil para más abusadores corruptos e incompetentes. O lo que es peor, una tiranía abierta.

Me parece escuchar a los trumpistas del patio hablando de anarquía, que no saben ni lo que es. Citarán a los que hemos escuchado decir que hay que presionar hasta el caos. Porque hay quienes lo han dicho, lo han escrito, y no lo podemos negar.

Ahora escuchamos decir que el caos puede venir envuelto en la lucha espontánea. Hay que ponerse de acuerdo. Queremos que el pueblo se levante o queremos simplemente que nos siga a los que presumimos de educación política y de ser los que sabemos organizar la protesta.

¿Cuál es la alternativa?

Sacamos a Ricardo Rosselló y nos fue peor. Cierto. ¿Cuál era la alternativa?

Tomás Rivera Schatz es peor tirano que Jenniffer González. Los dos son igual de malos. ¿Cuál es la alternativa?

No hay uno bueno. ¿Cuál es la alternativa?

¿Soñar con un pueblo que ría y que cante? ¿Organizarlo y educarlo primero para que tome las decisiones “correctas”?

Si usted es de los de la izquierda que piensa así, sepa que hay otra izquierda. No optimista porque el optimismo está sobrevalorado, pero sí perseverante. Tenaz. Buena sin rayar en buenaza. Una que sí cree que la espontaneidad es más necesaria que la teoría. Una que cree que este pueblo puede querer salvarse. Somos más.

No sea usted el más optimista de la huerta, pero tampoco sea el que se quita o el que boicotea. Desconfíe, si quiere, pero no se quite. No mate la idea.

La desconfianza en las convocatorias sacadas de la manga es legítima, el rechazo no tanto. Puede confundirse con la cultura de cancelación.

Como periodista desconfío de todo. A los que desconfiamos nos corresponde buscar la verdad. Hay muchas maneras de averiguar quiénes convocan y cuáles son sus intenciones. Si podemos probar que se trata de un truco, hay que denunciarlo. Pero si no podemos probar que una agenda de multitud fue plantada y falsa, mejor pensar que sí hay mucha gente cansándose del gobierno en este país. Y eso es bueno.

Habrá en algún momento que sustituir el gobierno de los peores y de seguro que no va a ser perfecto. Destruir los intentos hasta que logremos algo perfecto para todos es un sueño de una noche de verano. No va a pasar. Lo mejor es apoyar todos los esfuerzos contra la incompetencia y la corrupción, ver cuáles son legítimos y buscar una alianza entre ellos sobre los requisitos mínimos para una convergencia, que es lo mismo que una alianza sobre lo que nos une y no lo que nos separa, que es a su vez sabiduría desde tiempos inmemoriales.

Si fuéramos a contar las frustraciones de la lucha por la democracia en la historia del mundo, nos acostamos a invernar por los siglos de los siglos. Sabemos que las revoluciones más famosas tuvieron sus masas espontáneas muy lejos de ideologías concretas y líderes idóneos.

Que le pongan una boina del Ché a una foto de Jenniffer González nunca, nunca, nunca va a ser más ofensivo que lo que le ha hecho la kakistocracia —el gobierno de los peores— a este país. Ahora mismo nos han dicho que en un solo año pagamos 300 % más por lo necesario para vivir. Eso sí es ofensivo.

Un poco de anarquía nunca nos ha hecho daño. No me van a negar que siempre hemos sido un chin anarquistas.

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