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La hora de la unidad soberanista: Puerto Rico ante un momento histórico

Javier Hernández Por Javier Hernández
10 de diciembre de 2025
En OPINIÓN
Tiempo de leer:9 mins de lectura
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bandera estados unidos puerto rico estadidad

Las banderas de Puerto Rico y Estados Unidos se ondean en el capitolio de San Juan, Puerto Rico (Wikimedia Commons)

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Ante el colapso del modelo colonial, Puerto Rico se aproxima a una coyuntura histórica que requiere visión, coordinación y voluntad colectiva

Javier Hernández

Es un autor, escritor, empresario, asesor y defensor de la soberanía nacional y la descolonización puertorriqueña radicado en Nueva Jersey y Puerto Rico. Sus libros incluyen “PREXIT: Forjando el camino a la soberanía puertorriqueña” y “Puerto Rico: Hacia una economía nacional soberana.”

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Puerto Rico enfrenta una crisis política y social sin precedentes en el siglo XXI. Después de décadas de estancamiento colonial e institucional, crisis económica y deterioro de la calidad de vida, se ha desnudado la realidad: la ilusión del Estado Libre Asociado se ha mostrado como un mecanismo de control colonial que no puede garantizar estabilidad ni bienestar, y la promesa de convertirse en estado ha sido abandonada por la misma potencia administradora. Actualmente, con el gobierno de Estados Unidos dejando claro que no tiene interés ni voluntad política para convertir a Puerto Rico en el estado 51, y con una presidencia que expresa abiertamente su desprecio hacia el país, la única opción viable para superar esta crisis colonial es una transición ordenada hacia la soberanía.

Este momento requiere más que discursos apasionados o denuncias en redes sociales: necesita coordinación política, unidad estratégica y una narrativa patriótica que motive al pueblo a actuar. A diferencia de épocas anteriores, el independentismo y el soberanismo en Puerto Rico no pueden permitirse dividirse en doctrinas, corrientes o personalismos. La situación es demasiado urgente y las circunstancias, demasiado favorables, como para dejar pasar esta oportunidad histórica.

Mientras los sectores anexionistas enfrentan luchas internas por el poder, escándalos y purgas ideológicas, y el Partido Popular Democrático continúa perdiendo relevancia sin una visión clara para el futuro del país, el pueblo puertorriqueño sufre consecuencias cada vez más graves del modelo colonial. Esto incluye una pobreza sin precedentes, apagones constantes, tarifas de energía insostenibles, un costo de vida que obliga a muchas familias a abandonar su territorio, el crimen, la migración masiva y la corrupción institucionalizada.

A este cuadro se suma la creciente remilitarización de Puerto Rico por parte de Estados Unidos, celebrada por ciertos sectores políticos que, desesperados por demostrar que “la nación estadounidense nos necesita”, han optado por ceder más soberanía y territorio a cambio de propaganda simbólica, aunque ello implique transformar nuestro país en un peón militar en la creciente confrontación geopolítica mundial. El discurso del PNP, que pretende usar la presencia militar como prueba del “compromiso” de Estados Unidos, no solo es ingenuo, sino también peligroso. Puerto Rico puede acabar siendo una plataforma estratégica sin protección política, sin voto, sin voz y sin capacidad para decidir si participa —o si simplemente es involucrado— en conflictos internacionales.

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Frente a esta situación, la propuesta soberanista no es un ideal romántico, sino una estrategia pragmática. La diferencia principal con el pasado es que los sectores pro-independencia y pro-soberanía no solo se están organizando en Puerto Rico, sino también en Estados Unidos, donde estrategas puertorriqueños elaboran una narrativa de “libertad con beneficio mutuo”. Esta visión está llamando la atención de congresistas y funcionarios federales. Lo que antes no existía, ahora sí: planes específicos de desarrollo económico, convergencia política, diálogo, propuestas fiscales factibles y modelos de transición institucional diseñados para beneficiar tanto a Puerto Rico como a Estados Unidos. Las reuniones, los memorandos, las marchas y el famoso borrador de la Orden Ejecutiva —que generó pánico entre los líderes colonialistas y asimilistas— han rendido fruto. Hoy, en los círculos de poder y en los pasillos del Congreso, se escucha hablar de “sovereignty” y no de “statehood”. El PNP y el PPD pagan por reuniones; a nosotros nos abren las puertas. Ahí está la diferencia.

El contraste es claro: mientras el PNP y el PPD viajan a Washington sin visión ni estrategia y solo van a solicitar más fondos federales de los contribuyentes estadounidenses, los patriotas y soberanistas proponen soluciones que disminuyen costos federales, fomentan el desarrollo económico y establecen relaciones internacionales de cooperación que Estados Unidos puede respaldar, porque les resultan beneficiosas. En lugar de presentar a Puerto Rico como un “estado”, se presenta el país como un socio potencial para el futuro.

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Este cambio es profundo. Por primera vez, la soberanía nacional deja de ser solo una reivindicación histórica, cultural o identitaria, y se convierte también en un proyecto de política pública conjunta, diseñado para atender problemas reales —como la deuda, el desarrollo energético, la seguridad, el comercio y la migración— mientras evita que Estados Unidos tenga que seguir gestionando una colonia en crisis.

Este enfoque ha generado resultados concretos: congresistas que antes nunca habrían considerado escuchar al independentismo ahora están dispuestos a dialogar, reunirse, analizar propuestas y evaluar escenarios de transición. Funcionarios federales que solían descartar el tema reconocen que Puerto Rico, en su situación actual, enfrenta problemas fiscales, jurídicos y estratégicos que no pueden prolongarse indefinidamente. En un contexto político estadounidense marcado por la austeridad, la polarización y el antiintervencionismo, la opción más lógica y económica es, en efecto, la descolonización mediante la soberanía nacional.

Mientras tanto, en Puerto Rico, varias organizaciones, movimientos, colectivos y plataformas patrióticas y soberanistas están formando un amplio frente patriótico por la soberanía nacional. Este frente busca superar diferencias ideológicas y centrarse en una agenda compartida: la libertad política, el bienestar social y la dignidad nacional. No se trata de eliminar identidades, sino de reconocer que el enemigo histórico ha sido el mismo, y que la fragmentación solo ha favorecido al colonizador.

El mensaje para el pueblo debe ser claro y contundente: la unidad soberanista no es un ideal teórico ni una simple consigna, sino un proceso activo en curso, impulsado por puertorriqueños dedicados que, dentro y fuera del país, colaboran de manera coordinada para abrir caminos hacia un futuro libre y próspero. Esto no es improvisación; es una estrategia bien planificada. No se basa en utopías, sino en planificación concreta.

El objetivo principal es que la soberanía deje de ser vista como una amenaza, un castigo o un riesgo, y pase a ser lo que realmente es: una opción digna, factible y beneficiosa tanto para Puerto Rico como para Estados Unidos. Es una oportunidad para que el pueblo puertorriqueño tome control de su destino y para que Estados Unidos ponga fin a un régimen colonial que contradice los principios que afirma defender.

Puerto Rico no debe verse como una carga ni como una tragedia constante. Cuenta con el talento, los recursos y la valentía necesarios para convertirse en un país. Lo que falta —y que ya está surgiendo— es la decisión conjunta de dar ese paso.

Este es un momento histórico en el que los puertorriqueños deben entender que sus patriotas no están dormidos ni vencidos, sino activos y enfocados en lograr la libertad y la soberanía nacional de Puerto Rico. Es un camino que ya no depende de peticiones, sino de una estrategia cuidadosa y multifacética. Un camino que no requiere la aprobación del colonizador, sino que ofrece soluciones que incluso él puede considerar beneficiosas.

La historia rara vez presenta oportunidades tan evidentes. Puerto Rico tiene una puerta abierta hacia la libertad. No vamos a permitir que los colonizados y asimilados del patio que se lucran del coloniaje sigan cerrando la puerta a la descolonización. Mientras el PNP y el PPD se canibalizan por contratos y guisos corruptos en la política colonial, los patriotas están trabajando: estamos abriendo la puerta desde Puerto Rico y desde la diáspora. Y cuando abramos la puerta de la descolonización y la libertad, no habrá PNP ni PPD que la vuelva a cerrar.
La pregunta no es si el país puede alcanzar la libertad, sino si podrá unirse para cruzarla.

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