Memoria histórica, identidad y resistencia frente al olvido colonial
Por Wilda Rodríguez
Periodista
Son tantas las cosas que sabemos y pretendemos olvidar de nuestra historia. No me refiero a las que nunca nos enseñaron en un sistema educativo diseñado para vaciarnos de nuestra puertorriqueñidad y convertirnos en colonizados felices mediante un revisionismo histórico enajenante. Ese vacío es insuperable para varias generaciones de puertorriqueños que, después de enajenarlos de sí mismos, los invitaron a bendecir su enajenación e ignorancia.
Me refiero a cosas que más o menos han aprendido quienes le han prestado atención al debate sociopolítico con la curiosidad de buscar qué hay de verdad en asuntos que nunca les enseñaron. Fui una de las privilegiadas como estudiante de la preparatoria de la Universidad de Puerto Rico. Aprendí cosas que el sistema de educación pública le negó a la mayoría de la población estudiantil.
Por ejemplo, que en Puerto Rico hubo una época en la que estaba prohibida la bandera puertorriqueña. Eso no está sujeto a discusión. Sabemos que fue así y nadie se atreve a negarlo. Se convirtió en conocimiento general, aunque lo ocultaron, porque nacieron historiadores a pesar de todo.
Es Bad Bunny, sin embargo, quien ha puesto a correr la voz a nivel internacional de que hubo un intento de Estados Unidos de castigarnos criminalmente por ser puertorriqueños. Ver cómo le dice a quien quiera oírlo que sacamos esa bandera a la menor provocación porque quisieron eliminarla de nuestra historia. Benito Martínez Ocasio tiene el objetivo claro de recordar nuestra verdadera historia desde la bandera.
La única bandera que podía ondear era la de Estados Unidos a partir de 1898. Al no poder vender como bueno el imperialismo y enfrentar un anhelo indomable de independencia, cincuenta años más tarde, medio siglo después, Estados Unidos impuso desesperadamente la Ley de la Mordaza (Ley 53 de 1948).
Esa ley prohibía tener y exhibir la bandera puertorriqueña, cantar el himno de Puerto Rico, hablar o escribir sobre la independencia y reunirse para discutirla. Se penalizó ondear la bandera con hasta diez años de cárcel, $10,000 de multa, o ambas penas. $10,000 de entonces equivaldrían a aproximadamente $135,000 actuales.
Nueve años estuvo vigente esa ley (1948-1957), todos bajo la incumbencia de Luis Muñoz Marín y el Partido Popular Democrático.
Motivada por el auge irrefrenable del independentismo, durante su vigencia aumentaron las hostilidades y enfrentamientos de envergadura contra Estados Unidos, que fueron brutalmente reprimidos y han tratado de ser borrados de nuestra historia: la huelga universitaria de 1948, el atentado de 1950 para matar al presidente Harry S. Truman, la insurrección nacionalista de 1950 que alzó armas contra Estados Unidos en Jayuya, Utuado, Peñuelas, Ponce, Mayagüez, Naranjito, Arecibo y San Juan. Eso no nos lo enseñaron nunca en la escuela.
Posiblemente lo más dramático de la represión contra el independentismo que nos dejó el período de la Mordaza fue el encarcelamiento y la tortura del líder evidente del nacionalismo y la lucha armada, Pedro Albizu Campos. Aunque había estado preso en los años treinta del siglo XX, fue su encarcelamiento como resultado de la insurrección del 50 el que produjo su tortura y muerte.
Albizu denunció que estaba siendo torturado con radiación. Hubo médicos que verificaron efectos de radiación en su cuerpo. Se comprobó históricamente que Estados Unidos usó la radiación como método de tortura en esa época, y el deterioro físico del líder nacionalista no fue normal, según atestiguan las fotos de la época.
Nunca se probó la acusación de Albizu, como era de esperar, y Muñoz Marín lo declaró loco para luego indultarlo por razones humanitarias cuando su muerte ya era segura. Muñoz había sido el escogido de Estados Unidos para llevar a cabo la represión más feroz contra el independentismo que nunca han logrado extirpar del todo, aunque sí reducirlo notablemente.
Durante el período de la Mordaza se creó y se afianzó el Estado Libre Asociado como fórmula alternativa de colonialismo.
En esto que les cuento reside precisamente el valor de que Benito Martínez Ocasio ondee la bandera de Puerto Rico por el mundo. Nos da la oportunidad de decir y explicar por qué somos tan obsesos con la monoestrellada. Por qué la exhibimos y la honramos con tanta pasión.
Procurar y lograr que un puertorriqueño más lo sepa y lo divulgue es un acto revolucionario. Que Benito lo haga en Estados Unidos es un acto deliberado. Que lo haga en el Estados Unidos de Donald Trump es un acto de oposición.
Así se desquita la historia. Tratar de despreciar a Bad Bunny desde posturas fundamentalistas de izquierda o derecha es inútil. Hecho está.
Por suerte no les ha dado tan duro pelear por el color de la bandera de Benito, una controversia que nos sigue tratando de distraer de la magnitud y el alcance de esa insignia.
Tan sencillo que es entender que la bandera de Puerto Rico fue originalmente diseñada con los colores de la bandera de la Revolución francesa, el referente de libertad más honroso que teníamos en nuestras tres Antillas Mayores desde el siglo XVIII: Haití (entonces Saint-Domingue), Cuba y Puerto Rico. Que los independentistas modificaron el azul para honrar la bandera de Lares y que los estadolibristas trataron de complacer a su amo con el azul marino. Hasta el mar y el cielo cambian de tono y siguen siendo el mar y el cielo.
Lo que sí no me da ninguna gracia es el desprecio a nuestra jibaridad y a nuestra historia de la caña. Ambas son merecedoras del Trump Award.
Ser jíbaro borinqueño es una afirmación de identidad, no un estado civil. Desconocer eso es ignorancia o elitismo ideológico de derecha. Escojan.
¿Sabían que la última central azucarera, la Central Coloso en Aguada, cerró en 1990 y operó hasta 2003? Tratar de obviar que la caña forjó la economía y la identidad de Puerto Rico desde el siglo XVI al siglo XX es ignorancia o estupidez. Escojan otra vez.
En fin, que a usted le puede gustar o no gustar Bad Bunny, pero no queme nuestra historia. Hay quienes no lo perdonamos.
Si quieren leer más sobre la Mordaza, les recomiendo el libro del mismo nombre, La Mordaza, de la doctora Ivonne Acosta Lespier.
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