Arturo Massol Deyá relata su visita a Sharamentsa, en la Amazonía ecuatoriana, donde el proyecto Kara Solar utiliza embarcaciones solares como parte de un modelo que prioriza la soberanía, la cultura y la defensa territorial
Por Arturo Massol Deyá
Casa Pueblo de Adjuntas
Nadie me lo explicó, aunque tenía una idea. A veces pienso que lo soñé antes de vivirlo.
Llegué a Quito a medianoche para encontrarme con Edgar, del Colectivo Madreselva de Guatemala, y con Leo, de la Corporación TOSEPAN de México. Tocaría salir a las cuatro de la madrugada para juntos dirigirnos a la ciudad de Puyo. Cinco horas después nos esperaba Nantu Canelos para desayunar y repasar el plan de trabajo.
Pero el camino todavía no terminaba. Faltaban dos horas más por otra carretera que va comiéndose la selva a medida que avanza, hasta llegar al puerto de Copataza. Allí nos esperaba una lancha colectiva para navegar el río Pastaza durante tres horas. Y entonces el río se calmó, los papagayos volaron de una isla de arena y se develó ante nuestros ojos Sharamentsa, nuestro destino, en pleno territorio achuar de la Amazonía ecuatoriana.
Ya conocía a Nantu de un encuentro previo en Brasilia. Líder del pueblo achuar, es uno de los gestores y motor del proyecto Kara Solar [Kara en achuar significa sueño]. Su lucha se centra en la defensa territorial, cultural y en que se reconozca el río y no la carretera como la verdadera vía de comunicación de la Amazonía.
Porque la carretera que avanza en nombre del “desarrollo” no trae progreso, sino destrucción, extractivismo y pobreza, como lo atestiguaríamos en la ruta.
Frente a ese modelo, Kara Solar construye otra respuesta con un transporte fluvial eficiente, alimentado por sol en lugar de diésel o gasolina, con barcos solares silenciosos para mover gente y carga por el río, e incluso innovaciones en los pequeños peque-peques que usan para los recorridos cercanos entre comunidades.
Pero nada de esto se entiende del todo hasta que se vive. En Sharamentsa tuvimos una de las inmersiones culturales más hermosas y aleccionadoras que he vivido en mucho tiempo. Dormimos en un ecohotel tradicional de gestión comunitaria que usted puede visitar. Comimos de su tierra. Caminamos su selva.






Y nos abrieron las puertas a lugares sagrados, donde inhalamos un extracto de tabaco antes de nadar en la cascada, ante un ceibo centenario, reconociendo lo que ellos ya saben: que la naturaleza está habitada por espíritus vivos. No faltó tampoco el chapuzón en la playa frente a la comunidad para navegar de lo sublime a lo simple, en un mismo día, con una felicidad que no sé explicar del todo.
Lo que a primera vista, desde afuera, parecía pobreza en las áreas amazónicas ya tocadas por la carretera, allí, a otro ritmo, en su propia forma y cultura, se revelaba una zona singular de gran riqueza espiritual, material y humana.
Su centro de operaciones opera con paneles fotovoltaicos, y el primer bote solar, de los cinco que hoy dan servicio a comunidades vecinas, es testigo vivo de una transición que no pone la tecnología en el centro, sino al territorio y la comunidad.
Su prioridad no es la innovación por sí misma, sino la educación, la cultura, el modo de vida, el cuidado del entorno y sueños mejores para quienes vienen después.
Ese primer bote lo construyeron hace unos cinco años. Le llaman Tapiatpia —pez eléctrico, en achuar—, y en su leyenda es quien transporta a los seres que habitan bajo el agua. Hoy puede llevar hasta 40 pasajeros, con carga y todo, y se ha convertido en referente para las nuevas generaciones de barcos solares.
Su capitán, Santi, es un hombre fuerte, serio, casi distante a primera vista, hasta que la convivencia le va sacando la jovialidad y una afectividad contagiosa. Por su parte, Roberto, de 24 años, carga con buena parte de las responsabilidades de la organización. En ellos se nota esa sed de aprender, de intercambiar experiencia y conocimiento que solo tienen quienes ya saben que el futuro les pertenece.
Al llegar, Nantu nos diría algo que me llevo grabado: “La transición energética es multicultural”. Y tiene razón. Nuestra visita es parte de una iniciativa latinoamericana y caribeña de energías comunitarias en la que venimos trabajando desde hace un tiempo. No podía hacerse de manera virtual.
La invitación a sumarnos a esta comunidad de comunidades exige entendernos, conocernos, construir la confianza necesaria para ir más allá juntos. Se trata de juntar centros de conocimiento de instituciones comunitarias con trayectorias ricas en autogestión, ambiente y desarrollo alternativo, pues la imposición de modelos energéticos de explotación amenaza a nuestros territorios.
Alimentar ese cruce de saberes en esta coyuntura histórica planetaria es urgente y poderoso. A México, Guatemala, Honduras y Puerto Rico, ahora se suman Colombia y Ecuador.
Antes de despedirnos del territorio achuar y de seguir camino hacia proyectos igual de ejemplares en el Valle del Intag, Nantu nos convocó a una guayusada, una ceremonia matutina donde se consume una especie de té con su planta sagrada que preparan desde la noche previa.
Este ritual es medicinal y la base de comunicación que estructura la vida comunitaria y espiritual. En su casa, a las cuatro de la madrugada, junto a su esposa Marisela y miembros de la comunidad, frente al fuego, entre sorbo y sorbo de guayusa, la conversación avanzó y un sueño compartido tomó fuerza.
Las energías comunitarias son un referente de cambio importante para la transición ecosocial justa que necesita el planeta. No porque la tecnología lo resuelva todo, sino porque detrás de cada panel solar, cada bote, cada Tapiatpia que navega el río, hay un propósito de soberanía y democracia radical para la defensa territorial y la vida de nuestros pueblos.





