Memorias de lucha, dignidad y humor en tiempos difíciles
Por Wilda Rodríguez
Periodista
Era poco después de las seis de la mañana cuando recibí una llamada en mi cuarto de hotel.
—Jesse quiere verte ahora mismo —me dijo el ayudante de Jesse Jackson.
Dennis Rivera, presidente del sindicato 1199 de Nueva York, había recibido la misma llamada segundos antes en su cuarto.

Nos estábamos hospedando en el Hotel El Convento, en el Viejo San Juan, para estar cerca del Arzobispado de la Iglesia Católica, ubicado a un par de cuadras, donde nos reuniríamos con el arzobispo Roberto Nieves para discutir la estrategia de desobediencia en Vieques con el liderato religioso de las principales denominaciones de Puerto Rico.
Me vestí en un santiamén y fui al encuentro con Jesse. Dennis ya estaba allí con cara de: “¿Qué carajos hacemos aquí?”
Jesse Jackson, muy serio, nos anunció que la plana mayor de la Marina de Estados Unidos en Roosevelt Roads estaba en el lobby del hotel pidiéndole audiencia inmediata.
Nos miramos y nos pasó de todo por la mente. ¿Qué querían?
No había tiempo para especular y ninguno había sido puesto sobre aviso. Nuestra inteligencia estaba fallando, me reí por dentro.
—Los quiero aquí conmigo porque no sé de qué se trata y no me van a emboscar solo. Se van conmigo —bromeó Jesse.
No perdíamos el sentido del humor, pero aunque las emboscadas no se anuncian, no confiábamos para nada en la Marina.
La puerta se abrió y entraron varios oficiales de alto rango de la Marina de Estados Unidos, vestiditos de blanco y con un chorro de medallas en el pecho. Después me dijeron que eran cuatro y sus ayudantes. Yo vi como diez.
Hasta ahí el drama. Lo único que querían era agradecer a Jesse por haber negociado la liberación de tres prisioneros de guerra estadounidenses con Yugoslavia (Guerra de Kosovo) ese mismo año.
La idea de que venían a rendirse o a llevarnos presos no se cuajó. ¿Ironías de la vida o burlas de la vida? Lo tranquilos y hasta contentos que estaban aquellos oficiales distaba mucho de la actitud que esperábamos hacia un grupo que conspiraba para sacarlos de Vieques. Me reí, hasta que me di cuenta de que no me daba ninguna gracia. Me dio más coraje la muerte de David Sanes. Para esos tipos no estaba pasando nada. Para nosotros, todo. Nosotros íbamos a entrar a la zona de tiro a retarlos. El “accidente” de Sanes estaba en carne viva.
Les cuento esto como uno de los muchos momentos livianos que viví junto a Jesse Jackson. La mayoría no lo fueron. Fueron serios, trascendentales y me fueron recriminados por izquierda y derecha por darle pelota al líder afroamericano. Por cierto, a Jesse se le debe el término “afroamericanos” y su popularidad desde los años 80.
Hubo de todo como en botica en aquella relación con la familia Jackson. Uno de los momentos más jocosos fue con Jackeline, la esposa de Jesse, de quien temíamos se arrepintiera de ir a Vieques cuando ya habían empezado a correr cuentos de su vida privada con Jesse. No se nos rajó.
Llegó con los dos hijos menores, Yusef y Jackie, y se integró a los desobedientes como si los conociera de toda la vida. Lo que nos llamó la atención es que llegó a hacer desobediencia civil en Vieques en taquitos. Graciela moría por darle sus tenis, pero ¿quién se atrevía a decirle a una veterana de tantas luchas que se cambiara los zapatos?
Siempre alguien trataba de quitarnos el buen humor, y fue la Marina, otra vez. La arrestaron, la desnudaron y procuraron humillarla. Procuraron, porque la dignidad no se humilla; te humillan si la pierdes. Jackie no la perdió. Fue presa diez días. Sabía bien que ese era el costo de ser la esposa de Jesse. La desnudaron, pero no permitió que le inspeccionaran las cavidades del cuerpo. Y se negó a que pagaran la multa de $300 mil que le impusieron.
Yusef y Jackie, hija, aguantaron el golpe como sabían hacerlo. Se quedaron con nosotras e hicieron buenas migas con mi hija hasta que salieron de Vieques y Puerto Rico sin su mamá.
Recuerdo ver a Robert Rabin y a Jesse casi tocándose las frentes una noche mientras hablaban en el campamento frente al portón que daba acceso a los terrenos ocupados por la Marina. Me moría por saber de qué hablaban. Le pregunté a Bob, quien con su habitual socarronería me contestó: “De ti”. Jesse tampoco me dijo la verdad.
Para 1999, cuando Jesse llegó a Vieques en agosto (Sanes fue muerto en abril), hacía ya más de diez años que lo conocía. Me lo presentó mi amigo-hermano Dennis durante su campaña en la primaria presidencial demócrata de 1988. Fue cuando se logró el endoso de doña Inés Mendoza para el candidato afroamericano. Hasta Barack Obama reconoció años más tarde que Jesse rompió el tabú de que los negros no podían aspirar a la candidatura presidencial.
También hicimos junto a Jesse la campaña de David Dinkins (1990), primer alcalde afroamericano de Nueva York, y la de Nydia Velázquez (1992), primera mujer congresista puertorriqueña. Esa fue la primera vez que Jesse se montó en una tumbacocos, nuestra versión de una plataforma de camión con barandas y música en vivo por las calles de Brooklyn y Loisaida.
Entre esas hubo otras luchas y trabajo con Jesse, Dennis y la 1199. Mandela: Jesse y Dennis fueron a Ciudad del Cabo para ayudar en su excarcelación y, ya libre, lo trajimos a Nueva York. Uf, aquello fue una pesadilla en seguridad. Lula: Jesse y Dennis viajaron a Brasil para hacer campaña con la comunidad afrobrasileña. Fidel: Jesse y Dennis fueron a La Habana para apoyar el desbloqueo de Estados Unidos. Trabajé bien de cerca en todas y logré conocer bastante bien a Jesse. Muchísimas más cosas hizo ese hombre, y no todas fueron entendidas.
Todavía recuerdo cuando Dennis lo llamó en 1999 para invitarlo a retar a la Marina. Muchos puertorriqueños ahora mismo no saben todo lo que Dennis le dijo en esa conversación, cosas que conocía de cerca porque había sido activista en Culebra y en Vieques.
Se recuerda que el detonante de la lucha en 1999 fue la muerte de David Sanes en abril. No se recuerda que la Marina había despojado a los viequenses de 26 de sus 33 cuerdas de terreno en la isla en los años 40 para montar un polígono de tiro. Que los limitaron a una franja de tierra cerrada por ambos extremos para que el ejército más poderoso del mundo, compañías privadas de mercenarios y la OTAN probaran armas de guerra y practicaran con ellas.
A Jesse no le tomó nada decir que “por supuesto”. Gracias, Jesse.
Lloré mucho ese día. Había llegado a Vieques como periodista en 1979 e intuía que regresaría como activista a ver el fin de la Marina en Vieques, aunque todavía no veamos el fin de sus consecuencias. Ya se habían llevado por el medio la salud de muchos viequenses y su medioambiente.
Decían que Jesse era arrogante. Depende con quién. Usar el ego para conseguir algo a favor de los menos privilegiados es un arte difícil. Ser negro y humilde no es recomendable en la política estadounidense.
Se acostumbró a ser el centro de atención. Pues claro. Lo era.
Creo que Jesse fue mi amigo. Nunca quiso llamarme Wilda porque le gustaba más Wilma, como la de Pedro Picapiedra. Hizo cosas en su vida privada que yo no podía aceptar. Posiblemente, él tampoco sancionaba mi vida privada.
Cuando nos enteramos de su muerte, Dennis y yo estuvimos un buen rato hablando por teléfono de recuerdos acumulados con Jesse. Nos dio trabajo parar y cerrar la llamada.
Ah, olvidaba decirles que Jesse era masón. Dato interesante.




