La narrativa de victimización de la Gobernadora sustituye la rendición de cuentas y profundiza una cultura política tóxica

La autora es periodista, analista, escritora y parodista.
El gobierno de Jenniffer González funciona y fomenta una cultura de trabajo tóxica. En ese entorno ha elaborado varias estrategias venenosas en apenas dieciocho meses de gestión, siendo la última la victimización de ella como líder. Ahora es “la más vístima”, como se dice en la calle.
La líder agresiva y dominante que entró a La Fortaleza en enero de 2025 se nos presenta ahora como la mujer víctima de un abusador reincidente: Francisco Domenech. Esas dos mujeres —la victimaria y la víctima— han convivido siempre en la psiquis de Jenniffer González. La mujer capaz de doblegar, humillar y patear a sus contendientes siempre ha sabido recurrir, cuando le conviene, a la mujer vulnerable que se ataca por ser mujer. Las quejas preferidas de su repertorio son que se burlan de ella por ser gorda y que no la dejan ser mamá.
Por supuesto que ambas quejas las presentan casi siempre sus adalides, y esta no es la excepción.
Desde que Ramón Luis Rivera, el alcalde y líder novoprogresista, expresó públicamente que Jenniffer González estaba sólida como los Vaqueros, el equipo baloncestista de su pueblo, Bayamón, se me prendió la bombillita roja. O sea, pensé, quieren que creamos que si hay algo malo en La Fortaleza, no es ella. El favor le quedó bien. No tanto a los Vaqueros, que no pidieron vuelta.
Lo próximo fue sacar a Zayda “Cucusa” Hernández para una entrevista con Alexandra Lúgaro que nadie creyó inocente. Yo tampoco. En esa entrevista plantada, Hernández le envió un consejo velado a su discípula política: “No defiendas a Domenech. Sácalo”. Lúgaro se ha hecho eco de esas palabras recomendándole también a Jenniffer, en su calidad de analista política, que salga de Domenech. O sea, la misma línea del alcalde Rivera, más pronunciada.
La relación controversial de Hernández con González le da credibilidad. Recuerden que JGC entró al Capitolio en la década del noventa como ayudante de Hernández. Se distanciaron y Hernández escribió cosas sobre el carácter y el comportamiento de JGC que no fueron nada halagadoras. Retomaron su relación y Hernández la apoyó para la gobernación, y ahora, como analista política, mantiene una posición crítica pasiva hacia JGC.
Lúgaro, por su parte, tiene credibilidad en un sector de la población que le reconoce cultura política. También hay un sector que apuesta a que es Team Jenniffer. Como sea, lo cierto es que siguió la línea de la victimización de González.
Por otro lado, Orlando Parga, uno de los pocos penepés activos con un grado de aceptación at large, ha tomado la defensa de González bien a pecho. Acompañada de consejos de acción reparadora, su última intervención es una columna pidiéndole a Domenech que renuncie y salve a su amiga, y comparando a González con Richard Nixon y la renuencia a coger consejos que lo llevaron a ser el primer presidente que renuncia para no ser residenciado. Por suerte para González, no tendría que cargar con la infamia de ser la primera. Ese premio se lo llevó Ricardo Rosselló.
Hasta el momento en que escribo, no han logrado ablandar a Domenech. De lograrlo, el triunfo de Tomás Rivera Schatz sería pírrico. Tanta energía gastada en González se echaría a perder.
Explico. Si la meta de Rivera Schatz es doblegar a González, tendría que empezar una nueva serie de denuncias y ataques.
Rivera Schatz gana solo si González se va y se lleva a Domenech.
El regreso de Domenech a la libre comunidad no le aporta nada a Rivera. Gana una competencia de hacer pipí más lejos, pero eso no quiere decir que tenga el pipí más grande. Domenech regresa a Politank y al partido con González en La Fortaleza para regatear los dividendos de las contrataciones a Rivera Schatz con menos pugilato; y podrá dedicar más tiempo a chanchullar para mantener el control del partido para su equipo.
Eso es problema de Rivera. El del país es el más grande. La cultura laboral tóxica es como una epidemia. Se contagia. Imagínense una administración de víctimas echándole la culpa a otros de sus desaciertos. Porque los van a tener. Algo que es propio de esa cultura tóxica de victimización es que no se buscan soluciones para los problemas, sino justificaciones. Ese círculo vicioso es como el hoyo que chupa.
Piensen qué ha pasado en la administración de González desde su primer resbalón para favorecer a sus suegros en La Parguera. Desde entonces no ha parado de llover mierda para su gobierno: nombramientos fatídicos, acusaciones políticas de no cumplir las principales promesas del partido —reforma contributiva, reforma de la permisología y reforma del impuesto al inventario, la salida de LUMA y la estadidad—, los escándalos de las secretarias de Vivienda y Familia, el caos del agua, la renuncia del secretario de Comercio y su secuela, que es la que estamos discutiendo al presente. Eso sin hablar de los pantis, las ridiculeces de ella y su marido, y el empeño en una heterosexualidad que no le queda porque es más gay que yo. Lo que se ve no se pregunta.
(Y no me vengan con que no hay que sacar a nadie del clóset. Sí cuando están en posiciones de poder desde donde se atenta contra la equidad y se refuerza el prejuicio contra la comunidad LGBTQ+).
La victimización de González tiene solo dos explicaciones posibles. Si se cree víctima, es una narcisista paranoica, y si se hace la víctima, es una cínica.
Haciendo un recuento de gobernadores que se han victimizado, me resaltan Carlos Romero Barceló, Ricardo Rosselló y Wanda Vázquez. Entre los que nunca se victimizaron para nada resaltan Rafael Hernández Colón, Sila María Calderón y Pedro Rosselló. Hay otros, pero esos me vienen a la mente.
¿Cuál será el desenlace de esta última estrategia mediática diseñada para Jenniffer González? Veremos. Pero ninguno es bueno para el país.





