Una reflexión sobre el liderazgo, la toma de decisiones y los desafíos de gobernar cuando la incertidumbre se convierte en la única constante
Por Brenda Reyes Tomassini
Relacionista
Edward Bernays, el padre de las relaciones públicas modernas, señalaba que el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la percepción que el público tiene de ellas. En una palabra: reputación. Bernays sabía que la confianza es el activo más frágil de un gobernante, y de ella nace la reputación.

La reputación es un valor intangible que se construye desde la otredad con años de coherencia, transparencia y gestión efectiva. De igual forma, se destruye en minutos con una sola contradicción, un silencio cómplice o una respuesta no acertada en una crisis.
Puerto Rico está viviendo esa lección en tiempo real
La administración de la gobernadora Jenniffer González Colón no comenzó con el pie derecho. Desde sus primeras semanas en La Fortaleza, el gobierno careció de lo que Bernays consideraba esencial en toda gestión empresarial o gubernamental: un plan de comunicación estratégica que no reaccione ante los hechos, sino que los anticipe y lo gestione con verdad y consistencia.
En ausencia de esto, cada controversia se convierte en un incendio que apagar. Tal parece que en Fortaleza faltan extinguidores desde la llegada de la actual mandataria.
El primer capítulo fue la misteriosa orden ejecutiva que beneficiaba-casualmente- a los suegros de la gobernadora en La Parguera. Waldemar Quiles, un funcionario del Departamento de Recursos Naturales, avalo la orden administrativa de dudosa aparición, a solo horas de haber sido nominado al cargo de secretario de dicha agencia.
La Gobernadora y su equipo de comunicaciones debieron advertir lo lógico: tenían que estar preparados para responder la procedencia de la orden. Sin embargo, lo que siguió fue algo carente de toda lógica: una felicitación por parte de la Gobernadora hacia Quiles y un discurso que no convenció a nadie.
Seguida de esto, vino la fallida nominación de Verónica Ferraiuoli como secretaria de Estado, cuyas planillas de contribución sobre ingresos aparecieron misteriosamente radicadas después de las elecciones, pero antes de llegar a La Fortaleza.
Eso, sumado al conflicto de interés con su esposo, Francisco Domenech, como secretario de la Gobernación, los señalamientos sobre la acumulación de poder del matrimonio y el negocio de cabildeo de Domenech-Politank- resto credibilidad a la administración de Jenniffer González desde su primer mes en el Palacio de Santa Catalina.
El patrón comenzó a definirse desde el inicio: cada vez que surge una pregunta incómoda, la administración tarda, esquiva o niega. Esto es gaslightning o luz de gas, una manipulación psicológica donde el gobierno niega la crisis evidente y hace que la ciudadanía dude sobre su juicio de lo que debe ser una sana administración pública.
Peor aún, la Gobernadora, en ocasiones, insiste que las preguntas de la prensa son un ataque contra su persona, tal como ha hecho con varios periodistas con quien ha protagonizado intercambios tensos y airados y hasta se ha negado a contestarle.
De otra parte, el silencio que a veces emana de Fortaleza se convierte en el acelerador de la controversia. Cuando los relacionistas manejamos una crisis, evitamos el silencio. No proveer declaraciones dentro de un marco de tiempo o una actualización a la controversia abre el espacio a la especulación. La especulación es una bola de humo que incide en la formación de la opinión pública.
Bernays, sobrino de Sigmund Freud, incorporo en su libro Propaganda la psicología a la ciencia de la comunicación creando la figura mítica del portavoz, como mediador y figura de autoridad. En ese frente, este gobierno ha fallado con estrépito. El nombramiento de Jean Peña Payano como portavoz principal ha resultado lo contrario a lo que exige la comunicación de crisis moderna. En lugar de generar credibilidad o mediación, genera antagonismo con la prensa.
Cuando los talking points se agotan y las preguntas aprietan, la soberbia reemplaza a la sustancia. Se repite el panfleto cuando lo que el país necesita es evidencia, contexto y empatía. Una portavocía efectiva no es la que genera fricción, es la que gana la confianza del ciudadano. Peña Payano no ha podido articular de forma eficaz su rol, no ha podido responder a preguntas en una crisis, y ha tomado un discurso panfletario de defender toda la gestión de la gobernadora y adularla cuando su único trabajo debe ser proveer información veraz y transparente que no eche más lena al fuego.
Y entonces llegó junio de 2026… ¿Se repite el verano del 19?
La guerra entre el ex secretario del Departamento de Desarrollo Económico y Comercio, Sebastián Negrón Reichard, y el secretario de la Gobernación, Francisco Domenech ha puesto al descubierto la ausencia total de un sistema de gobierno que priorice la transparencia y la integridad sobre la lealtad partidista.
Los alegados mensajes de texto, otra vez a través de Telegram, entre ambos funcionarios revelan una cultura institucional que pregunta si el director de comunicaciones de una agencia «es PNP» antes de validar su nombramiento, y que instrumentaliza los puestos de confianza como recompensa de campaña.
Más de 10 funcionarios del DDEC renunciaron en cascada. El Panel sobre el Fiscal Especial Independiente abrió de inmediato una pesquisa. El Senado federal cuestionó a la gobernadora. Esta, ante los micrófonos, repitió, como era de esperarse, que todo es «completamente falso» sin ofrecer la evidencia que ella misma exige a los demás.
Un problema de fondo: negar no es lo mismo que aclarar.
Lo que hace más grave esta crisis es que el mismo asesor de imagen de Ricardo Rosselló-destituido por el pueblo en el verano de 2019- hoy asesora a Jenniffer González en esos mismos asuntos. Que el mismo operador de imagen esté detrás de dos administraciones que han colapsado en crisis de confianza no es una coincidencia; es una señal inequívoca de que el problema no es de mensajería, sino de cultura de gobierno y falta de pericia profesional.
Por su parte, Domenech-quien también funge como director ejecutivo de la AAFAF-permanece en funciones mientras el Panel del Fiscal Especial lo investiga, como ocurrió con Ciary Perez y el escándalo de los marbetes, lo que revela que, una vez más, la lealtad personal pesa más que la responsabilidad pública.
Entre tanto, la estrategia de comunicación de La Fortaleza se reduce a contenido para el algoritmo. Videos pulidos, redes sociales curadas, la vida de la gobernante convertida en un reality show institucional donde la imagen reemplaza la rendición de cuentas. Se huye del encuentro cara a cara con la prensa, que es, precisamente, el mecanismo democrático diseñado para verificar la verdad del poder.
Y mientras el gobierno pelea sus guerras internas, Puerto Rico lleva semanas sin agua con restaurantes cerrados, residentes haciendo malabares para obtener agua, hoteles operando con camiones cisterna, turistas que no pudieron disfrutar plenamente.
La Asociación de Hoteles y Turismo advirtió públicamente que la crisis pone en riesgo la viabilidad de las operaciones turísticas y comerciales de la isla. Los hoteles de la zona metropolitana invirtieron más de $200,000 solo para transportar agua a sus huéspedes.
La Compañía de Turismo distribuyó más de 650,000 galones mediante camiones cisterna en el Viejo San Juan, Isla Verde y el Condado. Aunque es harto conocido que la infraestructura de agua no ha recibido el mantenimiento adecuado en décadas, pese a haber sido advertidos por el Dr. Antonio Santiago Vázquez (QEPD), la respuesta del director de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados es simplona y falta a la complejidad del asunto.
¿Quién paga la crisis?
El pueblo de Puerto Rico, quien siquiera puede obtener respuestas claras y precisas que le ayuden a planificar sus días conforme se soluciona o no el asunto de la carencia del agua.
Esta crisis no se quedó en los medios de Puerto Rico solamente. Llegó a la Associated Press, al Washington Informer, a medios internacionales en español. En un momento de crisis siempre es importante no minimizar los danos. Pensar en el peor escenario posible es la recomendación que ofrecemos los profesionales.
La imagen de puertorriqueños cargando cubos de agua en pleno verano del 2026, en una de las zonas turísticas más visitadas de Puerto Rico, es exactamente el tipo de narrativa que destruye años de trabajo en mercadeo de destino. Y llega en el peor momento posible: la salida abrupta de Sebastián Negrón Reichard del DDEC, junto con más de diez funcionarios de esa agencia, ha generado un clima de incertidumbre que no pasa desapercibido para los inversionistas que evalúan a Puerto Rico como destino de inversión.
Las crisis de corrupción alejan capital. Las crisis de infraestructura alejan turistas. Ambas juntas, sin un plan de comunicación que las atienda con honestidad, proyectan una imagen de un gobierno que no controla su propio barco.
La comunicación de crisis no es un lujo reservado para las grandes corporaciones. Es una obligación democrática. Bernays decía que la confianza pública se gestiona, no se improvisa. Y hoy Puerto Rico paga el precio de una administración que confundió la imagen con la gestión, las redes sociales con la rendición de cuentas, y el silencio con la estabilidad.
Cuando la gobernadora minimiza casos como el de Suzanne Roig o Ciary Pérez Peña como «chismes», comete el error más viejo de la comunicación política: confundir lo incómodo con lo irrelevante. La comunicación política no es ruido, entretenimiento o una pelea vana. Es el tejido mismo de la democracia y la manera en que la ciudadanía evalúa si quienes gobiernan merecen esa confianza. Llamar chisme a una pregunta legítima no la hace desaparecer; la amplifica.
No menos importante es el ejercicio de retroalimentación en el manejo de una crisis. El monitoreo constante de medio, evaluar las reacciones del público, el espacio dedicado a la cobertura noticiosa y los posibles desiertos de información o datos fuera de contexto son esenciales para detectar fallas en un ejercicio de comunicación.
Sin embargo, el actual gobierno (como algunos otros) insiste en no hacer el esfuerzo concienzudo de hacer este ejercicio esencial. En su efecto, lanza más herramientas visuales, comunicados con portada y fotos de la gobernante.
Bernays escribió que «la manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática». Pero lo que distingue la comunicación legítima de la propaganda es precisamente la verdad que la sostiene. Sin verdad, no hay relaciones públicas. Hay solo ruido.
Puerto Rico no puede seguir gobernado de crisis en crisis con portavoces a la defensiva, repitiendo “talking points” como papagayo y de videos en redes sociales como sustituto de la transparencia. Una gobernadora que llegó al poder con promesas de cambio y un plan de gobierno tiene la obligación de demostrar que comunicar se hace con honestidad. Llenar las gradas del Capitolio con personas que repitan el estribillo “cuatro años más” no es más que un ejercicio simplón de autobombo y no de gobierno democrático.
Cuando reina la desinformacion y no hay transparencia, el periodista no puede hacer su trabajo. Por otra parte, hace falta buen periodismo para hacer frente a la desinformacion. La desinformacion o el vacio de información es la principal amenaza de las instituciones democráticas.
Cuando un servidor publico jura servir a los ciudadanos y a la Constitucion, se somete al escrutinio publico en un ejercicio cuya piedra angular siempre debe ser la transparencia. Ya no es candidato, es un funcionario electo.
La estrategia de comunicación y la rendición de cuentas son distintas. Hay que asumir responsabilidades.Toma años construir una reputación. Minutos en destruirla. Y en la administración de Jenniffer González van demasiados minutos acumulados





