El PPD enfrenta un punto de inflexión histórico y sus seguidores deben mirar hacia el futuro

Es un autor, escritor, empresario, asesor y defensor de la soberanía nacional y la descolonización puertorriqueña radicado en Nueva Jersey y Puerto Rico. Sus libros incluyen “PREXIT: Forjando el camino a la soberanía puertorriqueña” y “Puerto Rico: Hacia una economía nacional soberana.”
Durante décadas, miles de puertorriqueños vieron en el Partido Popular Democrático (PPD) un medio para defender la dignidad del pueblo, impulsar reformas sociales y promover una visión de justicia económica. Para muchos de nuestros padres y abuelos, ser popular no era solo una afiliación política; representaba una identidad construida en tiempos difíciles y una expresión de esperanza para un país en busca de mejores oportunidades.
Esa historia merece respeto. Pero precisamente porque merece respeto, también merece honestidad.
En 2028, los miembros del Partido Popular se enfrentan a una realidad que ya no pueden ignorar. El Partido Popular Democrático atraviesa una crisis profunda que va más allá de las derrotas electorales o de la disminución de su apoyo. Es una pérdida significativa de un proyecto político coherente para el futuro de Puerto Rico.
En las elecciones de 2024, el PPD quedó en tercer lugar, con su liderazgo derrotado, y cerró su campaña no en un estadio, sino en un restaurante de pollo. El nuevo líder del PPD y comisionado residente, Pablo José Hernández Rivera, en momentos en que no niega que el ELA es colonial, es contradicho por congresistas estadounidenses.
Por décadas, el PPD afirmó que el Estado Libre Asociado podía progresar y fortalecerse. Prometió otorgar más poderes, mayor autonomía y una relación bilateral más equilibrada con Estados Unidos. También prometió que en el futuro llegaría un “ELA mejorado”. Sin embargo, a lo largo de las generaciones, esas promesas nunca se cumplieron ni se materializaron.
La razón es clara: el llamado “ELA mejorado” nunca tuvo respaldo político ni constitucional en Washington. Hoy, cuando el PPD habla de “autonomía”, lo hace sabiendo que el concepto de “autonomía” no existe en el sistema político y constitucional de Estados Unidos.
Hablar de “autonomía” con EE. UU. es como hablar de “principado” con Francia: no existe. Juristas de Puerto Rico, académicos de Estados Unidos, informes presidenciales y funcionarios federales han destacado durante años que un territorio sometido a la Cláusula Territorial del Congreso no puede transformarse unilateralmente en una entidad soberana mientras sigue siendo un territorio estadounidense.
Aun así, un sector del liderato popular continuó vendiendo esa promesa. Es decir, el liderato popular sabe que la “autonomía” y el “ELA mejorado” son imposibles, pero lo siguen vendiendo porque creen que los populares, entre banderas, pavas y jingles, abrazarán la mentira.
Esa división interna ha persistido en el PPD durante décadas, incluso desde sus inicios. Por un lado, los muñozistas —Pablo José y su séquito colonial— continúan defendiendo el modelo territorial de los años cincuenta y creen que cualquier desarrollo futuro debe respetar la Cláusula Territorial de Estados Unidos. Por otro lado, los soberanistas, un sector popular, han llegado a la conclusión de que Puerto Rico necesita tener sus propios poderes nacionales y consideran que fórmulas como la libre asociación representan una evolución lógica de las aspiraciones del autonomismo puertorriqueño.
La historia reciente muestra cuál de esas tendencias ha sido favorecida por la estructura del sistema de partidos. En el plebiscito de 2012, el pueblo rechazó por primera vez al ELA y la opción de libre asociación, respaldada por el grupo ALAS y otros soberanistas populares, obtuvo un apoyo sorprendente de 33.3%. Cuando se suma la independencia, el respaldo total a la soberanía nacional alcanzaba el 39%.
Hoy, en 2026, el apoyo a la soberanía nacional sigue creciendo. En el plebiscito de 2024, el apoyo electoral combinado de la libre asociación y la independencia alcanzó el 43%. Entre la juventud, el apoyo a la soberanía supera el 60%. Mientras la estadidad sigue decayendo en apoyo electoral década tras década —incluso con el apoyo de chanchullos electorales, electores fallecidos y confinados—, la trayectoria de la soberanía nacional sigue en aumento en Puerto Rico y en la diáspora puertorriqueña.
Numerosas figuras soberanistas han sido marginadas, expulsadas o apartadas del PPD bajo el control de los muñocistas. Entre ellas están líderes, intelectuales y exfuncionarios que concluyeron que el proyecto territorial no tenía salida.
Pero esta dinámica no comenzó recientemente.
Desde los años cuarenta, algunos líderes populares han reaccionado con hostilidad hacia quienes cuestionan la narrativa oficial del partido sobre la condición política. Muchos puertorriqueños que inicialmente formaron parte del movimiento popular dejaron de hacerlo al entender que Puerto Rico seguía siendo una colonia. Estos líderes populares soberanistas ya no podían tapar el cielo con las manos; ya no podían negar una realidad clara: Puerto Rico es una colonia y el ELA es un estatus colonial.
Algunos de estos individuos incluso contribuyeron a la creación o al fortalecimiento de movimientos independentistas, entre ellos figuras históricas como Vicente Géigel Polanco y Gilberto Concepción de Gracia.
Con el tiempo, los hechos confirmaron muchas de las preocupaciones planteadas por esos disidentes populares, soberanistas e independentistas. Ellos tenían razón: Muñoz y sus seguidores estaban equivocados sobre el estatus y, tristemente, como decía Rubén Berríos, el PPD —con sus dos banderas, dos himnos…— era el semillero colonial que luego cosechó el asimilismo que engendró el PNP.
La ratificación de PROMESA y la imposición de la Junta de Supervisión Fiscal evidencian que el Congreso mantiene plenos poderes sobre Puerto Rico. Varias decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos, en particular el caso Puerto Rico v. Sánchez Valle de 2016, han reafirmado que el país sigue siendo una entidad subordinada dentro del marco constitucional estadounidense, es decir, una colonia.
Además, los informes presidenciales sobre el estatus han declarado de manera constante que Puerto Rico sigue siendo un territorio bajo la autoridad plena del Congreso. Estos informes incluso explican cómo el Congreso podría ceder y vender a Puerto Rico a otro país si así lo decide.
Pregúntele a cualquier líder del PPD y a Pablo José: ¿qué autonomía o poder tiene Puerto Rico como un “ELA” si el Congreso puede vendernos como si fuéramos mera mercancía o una finca en el Caribe? No podrán contestarle porque tendrán que admitir que su “ELA” es colonial y que Albizu Campos y los independentistas siempre tuvieron razón desde los años cuarenta. Ellos prefieren condenarnos a más coloniaje que admitir esta realidad. La negación es fuerte con ellos.
Frente a esa realidad colonial, una pregunta inevitable surge para los populares de buena fe:
¿Cuánto más puede durar un proyecto político sustentado en una fórmula rechazada en 2012 y que ni siquiera el propio Congreso parece tomar en serio?
La tragedia del PPD en la actualidad no se limita a su derrota electoral. La verdadera tragedia es que parece haber perdido la capacidad de imaginar un futuro diferente. Ahora mismo, el PPD no tiene un plan de país ni un plan de futuro; solo dice, como el corrupto PNP, que hay que pedir —mendigar— más fondos federales y una “autonomía” fantasiosa que el propio Congreso ha dicho que no existe. Recientemente, Pablo José pasó otro papelón cuando introdujo un proyecto de ley sobre Puerto Rico que incluye el ELA y fue inmediatamente destrozado por congresistas y líderes boricuas en el país y en la diáspora.
Mientras otras naciones pequeñas implementan estrategias económicas propias, atraen inversión, fortalecen sus industrias nacionales y desarrollan proyectos a largo plazo, la mayor parte del discurso popular sigue centrada en obtener fondos federales adicionales. A eso se dedica Pablo José en Washington mientras juega a “congresista”, cuando en realidad es un mero delegado colonial sin voto.
Usa el mismo truco que utilizó la comisionada residente Jenniffer González: uno anuncia con bombos y platillos la asignación de fondos federales recurrentes —es decir, asignados anualmente— como si fueran obra suya. Es como anunciar que viene lluvia y luego, cuando llueve, decir que era obra suya. Aunque esta conversación es importante, no basta. Ningún país progresa solo gestionando su dependencia.
Puerto Rico requiere un crecimiento económico nacional sostenible, centrándose en el desarrollo de sectores productivos y en una estrategia energética moderna. Además, debe reforzar su capacidad de exportación, reconstruir instituciones públicas eficaces y definir un proyecto nacional integral.
Y, sobre todo, necesita creer nuevamente en sí mismo.
Muchos populares temen la soberanía y esto es comprensible. Durante décadas, se les ha dicho que abandonar el modelo territorial actual resultaría en un desastre económico, en un aislamiento internacional o en inestabilidad que, irónicamente, estamos viviendo ahora mismo bajo el ELA.
Pero la pregunta que merece hacerse es otra:
¿Dónde nos ha llevado el inmovilismo?
Tras décadas defendiendo su estatus territorial y manteniéndonos en un modelo colonial que se deteriora continuamente, Puerto Rico sigue enfrentando emigración masiva, crisis energética, crisis de agua, deuda pública, pobreza extrema persistente y una creciente frustración ciudadana. Los problemas principales permanecen sin solución.
Por eso este mensaje no pretende atacar a los populares.
Todo lo contrario.
Este es un llamado al diálogo, a la comprensión.
Este texto invita a los populares a dialogar con los soberanistas que dejaron el partido hace tiempo, a escuchar sus experiencias y a explorar opciones con una actitud receptiva. También los anima a conversar con independentistas, soberanistas y otros puertorriqueños que comparten la meta común de construir un país más fuerte, democrático y próspero. La evolución natural del ELA apuntaba a la libre asociación, pero, por miedo a perder poder, el liderato muñocista del PPD descuidó y dejó pasar esa oportunidad en los años noventa y 2000. Se perdió la relevancia política y ahora, mientras avanza hacia la destrucción institucional, el PPD intenta arrastrar al pueblo popular por el mismo camino por el que han caído los partidos del pasado político puertorriqueño.
Popular, no te quedes en ese tren; súbete con los soberanistas, que sí tienen un futuro. La historia política de Puerto Rico presenta a muchas personas que demostraron valor al adaptarse a circunstancias cambiantes.
Hoy, quizás, los populares enfrentan una decisión similar.
La pregunta ya no es si el PPD puede regresar a los años cincuenta. Eso no ocurrirá.
La pregunta es si los populares tendrán el coraje de mirar hacia el siglo XXI.
Nadie les exige renunciar a sus valores, olvidar su historia ni dejar de amar a Puerto Rico.
Se les pide algo mucho más sencillo.
Que examinen honestamente la realidad.
Que reconozcan que el proyecto territorial, prometido durante décadas, no alcanzó los resultados esperados. Hoy, no solamente están sin pan, sin tierra y sin libertad; sino también sin luz, sin agua, sin democracia, sin calidad de vida digna, sin seguridad y sin buenos empleos. Todo esto ocurrió bajo el ELA de Muñoz Marín y su engendro asimilista y estadista, que utiliza las instituciones del ELA no solo para lucrarse, sino también para seguir destruyendo a Puerto Rico. Hoy vive esa destrucción, pero usted no merece ese futuro.
Es importante que entiendan que la soberanía nacional no es solo una discusión marginal, sino una cuestión legítima sobre el futuro del país.
Que reflexionen acerca de lograr el mismo avance intelectual y político que otros valientes populares alcanzaron en generaciones pasadas, cuando comprendieron que el bienestar de Puerto Rico requería explorar nuevos caminos.
Los partidos políticos surgen, se desarrollan y finalmente desaparecen. Sin embargo, las naciones permanecen a lo largo del tiempo.
La lealtad más importante no debe ser hacia un partido.
Debe ser hacia Puerto Rico.
Quizás ahora sea el momento de que muchos de los populares se pregunten si el futuro de Puerto Rico reside en el pasado o si ha llegado el momento de construir algo nuevo.





