La partida de Willie Colón invita a reflexionar sobre la memoria, el legado artístico y la responsabilidad emocional de decidir qué preservar en el recuerdo colectivo
Por Lcdo. Rafael Juarbe Pagán
Se dice con frecuencia que cuando alguien muere se convierte en santo. No es cierto. La muerte no borra errores, no corrige decisiones, no reescribe tensiones. La muerte simplemente cierra la historia. Y cuando la historia se cierra, nos deja a nosotros con la responsabilidad de decidir desde dónde la vamos a recordar.
La partida de Willie Colón vuelve inevitable mirar también su historia con Rubén. Una historia intensa, creativa, irrepetible. De encuentros poderosos y de diferencias profundas. De música que cambió generaciones y de desacuerdos que tomaron su propio rumbo. Nada de eso desaparece ahora. Todo forma parte del mismo relato.
Pero el duelo no funciona como un tribunal.
No imagino un duelo convertido en inventario de lo que no se resolvió entre ellos. No imagino sanar repasando una y otra vez las distancias. El corazón humano no está diseñado para sostener la ausencia desde la contabilidad del conflicto. Para poder despedirnos, seleccionamos. Y esa selección no es mentira: es necesidad emocional.
Privilegiamos aquello que fue luz.
En el caso de Willie y Rubén Blades, esa luz es enorme. Es la música que marcó identidad, que despertó conciencia, que nos dio lenguaje para nombrar lo que sentíamos. Es la química creativa que no puede negarse, aunque después haya habido choque. Es la evidencia de que dos fuerzas distintas pueden coincidir y producir algo que trasciende el tiempo.
La muerte de Willie no convierte en inexistentes las diferencias. Tampoco las magnifica. Simplemente las coloca en perspectiva. Y en esa perspectiva, cada uno de nosotros decide qué pesa más en su memoria: la distancia final o la grandeza compartida.
Elegir recordar la grandeza no convierte a nadie en santo. Reconoce que, aun con tensiones, hubo bondad, hubo entrega, hubo arte genuino. Y es precisamente esa elección la que nos permite sanar ante la partida física de figuras que fueron importantes en nuestra vida colectiva.
Porque el duelo no es una crónica de fallas. Es un proceso de significado.
La historia entre Willie y Rubén nos deja una pedagogía silenciosa: diferir es parte de lo humano; permitir que la diferencia eclipse por completo lo construido es otra cosa. No se trata de reescribir lo ocurrido. Se trata de decidir qué vamos a honrar ahora que ya no hay posibilidad de nuevos capítulos.
Quizás el homenaje más profundo no está en la perfección que nunca existió, sino en reconocer la totalidad: la intensidad, el talento, las fricciones y, sobre todo, el impacto imborrable que tuvieron juntos. Porque, si algo permanece, es la música. Y en ella, más allá de cualquier desencuentro, sigue latiendo una historia compartida que nadie puede negar.
A la vida que nos queda le corresponde aprender a valorar en presente lo que después no tendrá regreso.




