Wilda Rodríguez reflexiona sobre la defensa de la verdad, la libertad y la democracia como compromiso del periodismo

La autora es periodista, analista, escritora y parodista.
El periodista que se reconoce como periodista es un activista de la verdad, la libertad y la democracia, o no es periodista. Digo ”se reconoce” porque si vamos a la práctica, hoy día periodista se canta cualquiera.
Reconocerse como periodista es otra cosa. El primer requisito es saber lo que es periodismo. El segundo es que los demás lo reconozcan. Trabajar para un medio de comunicación no hace periodista a nadie. Se puede acabar siendo un activista… de la empresa.
Presentarse como periodista independiente tampoco es garantía de que lo sea. Se ha viciado el término y eso sí es una gran pérdida para el oficio o profesión, como prefieran.
Recientemente resurgió este tema y no voy a pasar con ficha.
Ser activista no es ser militante de una ideología y buscar adeptos (proselitismo). Es promover enérgicamente unos valores independientemente de a quién incomode. El periodismo siempre es incómodo.
Hay una diferencia entre buscar información y buscar la verdad. Esa es la diferencia entre un reportero y un periodista. De esto no le gusta hablar a muchos que trabajan el oficio porque implica un compromiso que no todos están dispuestos a asumir y una jerarquía, sí, una jerarquía que no siempre se mide por el éxito.
El reportero es aquel que lo que busca es presentar puntos de vista. Se considera imparcial y objetivo. No lo es desde el mismo momento en que escoge o le asignan un tema. No lo es al escoger qué y a quién preguntarle, a quién darle foro. Si le asignan el tema y los entrevistados, es un relacionista de su medio y eso no es malo. Es un trabajo. Si está en el escalón de escoger tema y entrevistas, no puede presumir de objetividad. Es parte del reportaje que produce con su selección, que, por lo regular parte del conocimiento de lo que es aceptable para su medio. Eso tampoco es malo. Es un trabajo.
Lo malo es confundir eso con la búsqueda de la verdad. La búsqueda de la verdad requiere más que datos. Requiere investigación, historia y tomar partido a favor de quien tiene que tomar partido: el pueblo. Eso es periodismo.
Entonces viene la lucha con el poder. Para buscar la verdad para el pueblo hay que tener valor e impertinencia. Hay que pelear con el poder. Hay que saber que no siempre se gana. Se puede perder mucho y hasta todo. Eso es periodismo y no es nada fácil saberlo, menos lo es hacerlo. Es un riesgo.
Para demandar transparencia hay que ser transparente. Ser transparente es que a quien el periodista le sirve sepa de qué lado está el periodista y que siempre evitará que su pensamiento intervenga con la búsqueda de la verdad. Eso se llama credibilidad y no se adquiere siendo un “joker” de la información, hoy aquí y mañana allá para alegar imparcialidad.
Los periodistas toman partido. Lo hacen desde el momento en que eligen la verdad que buscan y cómo la buscan. Lo hacen cuando deciden ponerse del lado de los intereses del pueblo buscando respuestas no puntos de vistas.
Un periodista siempre es activista del periodismo y defiende los valores de la verdad, la libertad y la democracia como ejes de todas las libertades individuales y colectivas.
El periodista tiene que ser un activista de su oficio. El periodista que no defiende con uñas y dientes la libertad, no puede llamarse periodista. Un periodista ideológicamente tibio nunca va a ser bueno. Defender la libertad como valor fundamental no es ser periodista militante de una ideología. Es ser activista de la verdad y de la democracia como valores fundamentales de humanidad.
Ser activista no está reñido con ser periodista. De hecho, los grandes periodistas son recordados en la historia por su activismo.
Tres cosas quiero dejar claras. Una, no estoy hablando aquí de periodistas en particular. En ambos lados del debate tengo colegas que son amigos entrañables. Estoy hablando del oficio y lo hago desde una vida de experiencia, logros y tropiezos.
Esa es la segunda: no he sido siempre la periodista que predica aquí. He sido reportera de medios en los que tuve que tragarme la lengua muchas veces para poder seguir trabajando y ganándome la vida. Lo que nunca hice fue traicionarme a mí misma ni a mi gente. Los que me conocen saben que puedo ser un poquito arrogante, pero nunca soberbia. No escribo para presumir. Escribo porque lo considero necesario.
Esa es la tercera: lo que escribo no lo hago desde ningún pedestal. Lo menos que tengo es perfección. Lo más que tengo son moretones por peleona.
El periodista tiene ideología y no la niega. Lo que no puede hacer es imponerla. A veces hay que hilar muy fino para no caer en la tentación de militar por una doctrina en particular.
Me ha costado mucho estudio y mucha determinación que se distinga entre mi activismo y mi ideología para que se me respete. Creo haberlo logrado entre quienes me interesaba lograrlo.
Desde ese logro es que les digo que el periodista tiene que ser un activista de su oficio. Lo es por definición. El periodista que no defiende con uñas y dientes la libertad, no puede llamarse periodista. Un periodista ideológicamente tibio nunca va a ser bueno. Defender la libertad como valor fundamental no es ser periodista militante de una ideología.
Un periodista puertorriqueño tiene que tener bien claro que libertad no es independencia. Solidaridad no es comunismo. Derechos humanos no son socialismo. La verdad no es un comodín. Integridad no es ser pendeja.
Sobre todo tiene que tener bien claro que el periodismo puertorriqueño, como cualquier otro, tiene su propia cultura – su historia, sus prácticas, sus valores, sus ideologías, sus peligros, sus vicios y sus virtudes. Puerto Rico es un escenario complejo para el ejercicio del periodismo. Si el de otros países es físicamente peligroso, el de Puerto Rico es éticamente azaroso.




