Puerto Rico debe rechazar la desinformación y las narrativas importadas que siembran odio antes de que se conviertan en violencia real
Por Michael Sinensky
ACTUALIZACIÓN: Este texto fue escrito apenas una semana antes de que un ataque terrorista durante Janucá en Australia confirmara, una vez más, una realidad peligrosa. La propaganda no se queda en coraje ni en palabras fuertes. Empieza como discurso, se normaliza en conversaciones diarias y termina justificando violencia real. Esto se escribió como advertencia.

El ataque la confirmó. Puerto Rico tiene que rechazar el odio importado antes de que las palabras se conviertan en un daño que no se puede deshacer.
Puerto Rico ha sido parte de mi vida por más de cuarenta años. Lo que comenzó como viajes familiares a ESJ Towers se convirtió en vacaciones, producción de conciertos y, con el tiempo, en mi hogar y mis negocios. Aquí contrato, aquí invierto y aquí he construido comunidad. Esta isla me importa de verdad.
Por eso me preocupa lo que he estado viendo últimamente: una hostilidad creciente y mucha desinformación que no nacen de nuestros valores como puertorriqueños. Son ideas importadas, y ya se están colando en la vida cotidiana.
En un chat de cocina, alguien se negó a comprar salvia solo porque venía de Israel. En un chat de restaurantes, una conversación normal terminó en acusaciones de genocidio y teorías conspirativas sobre los judíos. En la escuela de mi hijo, una clase sobre activismo se fue por consignas políticas en vez de enseñar hechos. Más tarde supe que la maestra tenía una cuenta pública llena de contenido falso, antiestadounidense y antiisraelí.
Estos incidentes pueden parecer pequeños, pero juntos muestran un patrón peligroso. La propaganda está llegando a Puerto Rico. Está reemplazando la historia con consignas y sembrando confusión, afectando tanto a adultos como a niños.
Mucho de esto viene de una forma de ver el mundo que lo reduce todo a opresores y oprimidos. Bajo esa lógica, el éxito se convierte en culpa. A Israel se le acusa de colonialismo no por la historia, sino por haber reconstruido su tierra y prosperado.
Pero los hechos no respaldan ese cuento. El pueblo judío es indígena de la tierra de Israel. A pesar de siglos de exilio y persecución, nunca desapareció. El Estado moderno no es colonialismo; es la recuperación de soberanía de un pueblo originario.
La historia taína refleja algo muy parecido: despojo, resistencia y una conexión profunda con la tierra que todavía define quiénes somos. Los puertorriqueños son al orgullo boricua lo que los judíos son al sionismo: sobrevivir y volver al hogar.
Las frustraciones locales también están alimentando esta confusión. Bad Bunny ha señalado preocupaciones reales sobre cómo la isla está perdiendo su esencia. La vivienda y el desarrollo desigual son problemas reales. Pero ahora esas preocupaciones se están mezclando con narrativas falsas de afuera, desvíando la rabia hacia Israel y hacia quienes se mudan a la isla. El “gringo go home” ya no distingue entre especulación y gente que viene a trabajar, invertir y aportar.
Puerto Rico necesita claridad, orgullo y unidad. No odio importado.





