Entre debates sobre censura, autoritarismo y lenguaje, el Congreso Internacional de Escritores en Puerto Rico recordó que el silencio intelectual también tiene consecuencias políticas

La autora es periodista, analista, escritora y parodista.
Como era de esperarse, el Tercer Congreso Internacional de Escritores, que terminó hace unos días en Puerto Rico, tomó varias veces un giro político contra el autoritarismo, la censura y la violación a la libertad de expresión.
Unido al tema de la diversidad del idioma español y a una erudición excepcional en los protagonistas del Congreso, el momento político terrible que vive el mundo fue asunto recurrente en el evento de tres días en el Centro de Bellas Artes de Caguas.
Ha pasado ya en encuentros de escritores en los últimos años, pero que pase aquí me hizo sentir particularmente orgullosa. Partamos de que todos los escritores visitantes son muy conscientes de que estaban en una colonia supeditada al imperialismo actualizado en Estados Unidos por Donald Trump. La descolonización no fue el tema, sin embargo; lo fue la acometida de un nuevo fascismo o, según expresaron algunos, de algo mucho peor.
“Esta vez los imperialistas no somos nosotros”, dijo irónicamente el escritor Luis García Montero, director del Instituto Cervantes de Madrid.
García Montero cerró el Congreso el sábado 25 de abril, entregando la llave simbólica de la Caja de las Letras del Instituto Cervantes al primer escritor puertorriqueño cuyo legado entra a esa caja: Luis Rafael Sánchez. No sin antes acotar que Puerto Rico ha defendido su español frente al autoritarismo de Trump y su alegado “derecho a imponer una identidad” a los hispanohablantes, lo que, a su vez, denunció como el “nuevo imperialismo cultural” que amenaza la diversidad y la identidad iberoamericana.
En una fuerte defensa de esa diversidad del español en América, García Montero destacó y elogió a Bad Bunny, quien ocupó un espacio concreto como parte de la agenda oficial del Congreso.
Es bueno señalar que el Instituto Cervantes es la institución pública más grande dedicada a promover la enseñanza, el estudio y el uso del español a nivel mundial.
A mí, personalmente, me impresionó la erudición de los escritores que se juntaron en Caguas. Fue un despliegue excepcional de cultura y conocimientos profundos de esos intelectuales sobre la literatura y sobre su oficio como escritores. Me sentí humilde ante tanta sabiduría, y ese no es uno de mis atributos. La agradecí inmensamente.
Tuve el privilegio de participar en un debate sobre el miedo, en el que planteé la necesidad de que los escritores asuman como obligación manifestarse contra la amenaza del autoritarismo y la censura. Quien realmente lo apalabró fue Claudia Piñeiro, una escritora colombiana estupenda, que lo resumió como “el miedo a llegar tarde con la palabra”.
Sí, ese es mi miedo. Que los intelectuales, en su prudencia, lleguen tarde a aportar su sabiduría a nuestros problemas políticos. Lo he planteado por años, a sabiendas de que el antiintelectualismo es también un asunto político del neoliberalismo, que pretende convencer a los ignorantes de que su ignorancia tiene el mismo valor público que la sabiduría, y que la opinión de ignorantes y educados se debe respetar por igual. Lejos de ser cuestión de opinión, es un asunto claro de manipulación política.
La otra realidad a la que temen los intelectuales es al acaparamiento y tergiversación de las ideas y del conocimiento en la era de las redes sociales. Con todo y lo apabullante que pueda ser la inteligencia artificial y las fake news, creo que es irresponsable dejarles el espacio. ¿Hasta cuándo?
¿Hasta que desaparezcan? No va a pasar. Primero desaparecen los intelectuales que los ignorantes. La guerra es ahora y usted pelea o se mete debajo de la cama.
En muchas ocasiones se ha acusado a los escritores de ser parcos en sus denuncias políticas. Hasta hace poco se debatía la teoría de que los escritores no fueron suficientemente políticos para afrontar el reto que representaba Hitler a la libertad de las palabras. Todavía se discute si se ha diluido el rol que tenía el escritor en los asuntos de sus países y del mundo. Si los intelectuales debían estar haciendo la diferencia del mundanal ruido de las redes sociales.
El debate sobre si los escritores e intelectuales en general deben intervenir en el debate político de sus países y del mundo es más viejo que el frío. El Congreso de Caguas no se libró de opiniones variopintas, aunque desde su título —La libertad de las palabras— primó la voz de los que no tienen empacho en defender la palabra políticamente.
Sobre la importancia de estos congresos en la historia política se destaca el Congreso Antifascista de Escritores en Valencia en 1937, en medio del asedio de Hitler, Mussolini y Franco. Todavía es citado como el congreso de escritores más espectacular e impactante de la historia moderna.
¿Quiénes estaban allí para defender la palabra frente al fascismo? Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Antonio Machado, Jacinto Benavente, Miguel Hernández, León Felipe, Octavio Paz, Elena Garro, César Vallejo, María Osten, Heinrich Mann y María Teresa León.
No es diferente ahora que se levanten las voces de los escritores contra el arquitecto de odio y miedo que es Donald Trump. Desde la misma primera presidencia de Trump se han organizado escritores en protesta contra ese arquitecto de odio y miedo. Autores como Arturo Pérez-Reverte, Stephen King y Toni Morrison. Las voces contra el miedo y el odio no están calladas. Están perdidas en el mar de las comunicaciones sociales de la época, las fake news, el ruido y la censura.
Por más prudencia intelectual en el acercamiento de los escritores a la política, está la función social del escritor: provocar. Sobre todo al poder.
Los escritores, los periodistas y los historiadores puertorriqueños, por ejemplo, estamos en este momento en medio de un salto monumental del coloniaje al fascismo. O sea, según el coloniaje es parte ineludible en nuestra literatura, el totalitarismo también nos pisa el rabo.
Ciertamente, en este Congreso también se destacó el debate entre si la política de Trump es o no fascista. El escritor español Javier Cercas fue (y ha sido) uno de los proponentes internacionales de la teoría de que Trump descarga en la historia un nacionalpopulismo que es peor que el fascismo. Ese concepto es el que plantea que la política nacionalpopulista de Trump es más peligrosa que el fascismo porque se mete dentro de las democracias para destruirlas, usando sus propios recursos, libertades y derechos.
Aunque ciertamente no son fenómenos idénticos, tampoco se pueden despachar como amenazas muy distintas el fascismo y el populismo autoritario. El segundo es más complejo porque se concentra en minar las estructuras e instituciones democráticas desde adentro, no sencillamente derrocarlas a la trágala como lo hizo el fascismo. La discusión se fundamenta en que el populismo autoritario se percibe como más destructivo. Es una discusión válida y necesaria, pero no debe robarle el tiempo a combatir y derrotar lo que enfrentamos, sea neofascista o neosupremacista.
Otro de los puntos destacados en el Congreso de Caguas, como dije en principio, es el respeto a la diversidad del español, particularmente en América.
España, dijo, no puede seguirse viendo como el imperio del español cuando en su propio seno tiene doce variantes dialectales. Se debe partir de reconocer y respetar la diversidad del idioma que se ha dado en América.
Este Congreso fue más allá esta vez. Se habló de la necesidad de respetar también a las nuevas generaciones de latinoamericanos cuyo primer idioma es el inglés.
Siendo un tema que he defendido por años, me sentí reivindicada al escuchar intelectuales de ese calibre reconociendo la complejidad de la diáspora y el recurso de sobrevivencia que ha sido el dominio del inglés como primer idioma.
Imponer una visión purista del español es antihistórico y un buen ejemplo de imperialismo cultural. La identidad de nuestra gente en la diáspora no se limita a que hable y escriba en español.
Traer este tema al Tercer Congreso Internacional de Escritores en Puerto Rico fue un paso gigante.
Igual lo fue dejar establecido que la censura literaria en Puerto Rico es un hecho e incluye, desafortunadamente, la autocensura. Sin embargo, no hay mayor censura que la censura intelectual a la Universidad de Puerto Rico, que, como el fascismo de Trump, la destruyen desde adentro.
En fin, que el Congreso Internacional de Escritores me llenó los pulmones de nuevo aire liberador y me confirmó el ahínco que debo poner en no llegar tarde con la palabra.





