La pérdida de soberanía económica y el deterioro del vínculo federal colocan a Puerto Rico ante una crisis que ya trasciende lo fiscal y amenaza la dignidad nacional
Puerto Rico enfrenta una inminente crisis económica y humanitaria que muchos prefieren ignorar, aunque ya se refleja en indicadores clave: estancamiento del consumo, incremento de quiebras, dependencia de fondos federales retrasados, y, ahora, cancelaciones de rutas aéreas internacionales que profundizarán nuestro aislamiento económico. Todo esto ocurre bajo un régimen colonial que limita la capacidad del país para actuar con soberanía y rapidez ante la gravedad de la situación.
Durante semanas, la gobernadora Jenniffer González afirmó que había fondos locales suficientes para cubrir el déficit generado por la suspensión de los fondos federales del Programa de Asistencia Nutricional (PAN). Sin embargo, recientemente reconoció que el gobierno carece de presupuesto a partir de la primera semana de noviembre. Este cambio revela una realidad que el liderazgo colonial evita aceptar: Puerto Rico no tiene control de su seguridad alimentaria, su economía ni su destino.
Mientras tanto, el comisionado residente Pablo José Hernández ha pedido que el gobierno se sume a la demanda de varios estados contra la administración Trump para recuperar los fondos federales del PAN. Aunque el proceso legal es válido, el problema principal es mucho más profundo. Ninguna demanda puede solucionar que Puerto Rico carezca de voz soberana ni de autoridad internacional para defender los derechos básicos de su pueblo. Estamos a merced de decisiones de tribunales y agencias estadounidenses que consideran a Puerto Rico como una posesión, no como una nación con dignidad.
El panorama económico se vuelve más oscuro. El cierre parcial del gobierno federal coincide con indicios evidentes de desaceleración: las ventas al detal disminuyen, los comercios cierran, y las quiebras aumentan. Los economistas locales advierten que la economía colonial —que se sustenta en subsidios, en el consumo importado y en la evasión fiscal— está al borde de otro colapso. Sin embargo, los partidos tradicionales siguen celebrando esa dependencia como si fuera un avance.
A esta crisis se suma un golpe geopolítico que ha pasado casi desapercibido: el gobierno de Donald Trump eliminó trece rutas de Aeroméxico, incluido el vuelo directo de San Juan a Ciudad de México, por una supuesta violación del acuerdo de acceso aéreo de 2015. Con una sola medida, Washington ha suspendido uno de los pocos vínculos aéreos directos entre Puerto Rico y América Latina, reduciendo así las oportunidades de turismo, inversión y comercio.
Esta medida impactará no solo al sector turístico y a las aerolíneas, sino también a empresarios, estudiantes y profesionales que dependen de esa conexión para fortalecer vínculos con la región latinoamericana. Es otra muestra de cómo Estados Unidos toma decisiones unilaterales que afectan a Puerto Rico sin consultar ni valorar su impacto económico. ¿Qué país puede avanzar sin control sobre sus rutas internacionales, sus acuerdos comerciales, su moneda o su sistema aduanero?
El mensaje es evidente: el colonialismo detiene el avance y el progreso. Puerto Rico no puede defender sus intereses sin soberanía, lo que le impide negociar tratados, asegurar sus suministros, implementar políticas industriales o proteger áreas clave. Mientras tanto, los políticos locales parecen administrar una finca federal, solicitando fondos en lugar de fomentar una economía próspera y global.
La cancelación de rutas internacionales, la crisis alimentaria cercana y el deterioro económico general son signos de una enfermedad política que solo puede tratarse con independencia. Un país soberano habría adoptado medidas de emergencia, como reorientar el presupuesto, establecer acuerdos bilaterales para asegurar las importaciones, otorgar subsidios a productores locales e incluso negociar con México y otros países para mantener rutas estratégicas. Sin embargo, Puerto Rico no puede realizar ninguna de esas acciones. Las colonias no pueden actuar; solo obedecen y callan.
Hoy enfrentamos una encrucijada: ¿seguir dependiendo de un poder externo sin obligación moral ni legal de apoyarlo, o asumir nuestra responsabilidad histórica y construir una República puertorriqueña libre y soberana que proteja sus intereses y la dignidad de su pueblo? Esta semana, el propio presidente Trump volvió a descartar la estadidad, argumentando que sería desastrosa para los Estados Unidos. Es decir, la estadidad está más lejana que la galaxia Andrómeda, y lo que se avecina es la realización, por parte de los estadounidenses, de que la soberanía nacional es el único camino viable para Puerto Rico.
La próxima crisis no será solo económica, sino también moral, política, humanitaria y de carácter nacional. Puerto Rico no requiere más fondos federales; lo que necesita es autoridad propia. Y esa autoridad solo reside en la soberanía.




