La presencia militar en Puerto Rico, lejos de traer seguridad o desarrollo, ha dejado un legado de destrucción ambiental, pobreza y subordinación colonial que aún persiste
Dr. Rolando Emmanuelli Jiménez
Abogado y Profesor de Derecho
La derecha colonial en Puerto Rico vuelve a coquetear con una de las peores pesadillas de nuestra historia: la remilitarización de la isla. Con discursos que venden espejismos de seguridad y progreso, sectores del PNP y sus aliados intentan justificar la reapertura de bases y la presencia visible de fuerzas militares. Lo hacen en un cálculo torpe, ignorando lo que significa en términos de ambiente, economía y dignidad nacional.

El militarismo nunca ha traído desarrollo económico a Puerto Rico. Basta mirar a Vieques y Culebra. Durante décadas soportaron la ocupación militar más brutal, con bombardeos, desplazamientos y enfermedades provocadas por la contaminación. ¿Cuál fue el legado económico de esa presencia? Desempleo, pobreza y estancamiento poblacional. Hoy, como ayer, las estadísticas muestran tasas de desempleo superiores al 15 %, idénticas a las de la era de la Marina. La ilusión de que una base militar impulsa la economía local es una falacia tan vieja como peligrosa.
En el plano ambiental, la experiencia de Vieques es un recordatorio doloroso. Las explosiones dejaron cráteres en el terreno, aguas contaminadas y una de las incidencias más altas de cáncer en todo Puerto Rico. Esa herida ambiental aún no ha sido reparada, y a veinte años de la salida de la Marina, el pueblo sigue esperando justicia. Apostar a nuevas instalaciones militares equivale a perpetuar un modelo de destrucción ecológica que condena a nuestras comunidades a enfermedades y muerte.
Quienes defienden la remilitarización repiten la narrativa colonial de que Estados Unidos “nos protege” de amenazas externas. Sin embargo, lo que realmente hacen es convertirnos en objetivo militar. Durante la Guerra Fría, Puerto Rico era blanco de los misiles soviéticos por la cantidad de instalaciones militares en la isla. ¿Queremos volver a ser carne de cañón en los conflictos de potencias extranjeras? Pretender que eso fortalece nuestra seguridad es otra mentira que esconde el verdadero fin: afianzar el control imperial sobre nuestro territorio.
La ingenuidad colonial se disfraza de entusiasmo cuando algunos celebran la llegada de barcos de guerra o se retratan sonrientes con marines. Esa mentalidad, cultivada por décadas de propaganda, reduce la tragedia de la militarización a un espectáculo folclórico. Pero detrás de la foto está la realidad: esos barcos están diseñados para matar, arrasar y sembrar terror. No se trata de héroes de cómic, sino de la maquinaria bélica más poderosa del planeta usando nuestra tierra como plataforma.
El error histórico del PNP y de la derecha es pensar que esta vez el pueblo aceptará sin resistencia. Ya lo vimos con las marchas recientes contra la remilitarización y lo vimos antes con Vieques. Cuando la Marina asesinó a David Sanes, más de 100 mil personas salieron a la calle a exigir su salida. Esa lucha unió a Puerto Rico en una sola voz. Hoy, dos décadas después, las nuevas generaciones están retomando la causa, conscientes de que lo que está en juego no es solo el ambiente ni la economía, sino la soberanía.
Sin embargo, la lucha no puede quedarse en un episodio puntual. Sería un grave error repetir lo ocurrido tras la salida de la Marina en Vieques o la renuncia de Ricardo Rosselló: victorias importantes, pero sin un proyecto de descolonización inmediato. El verdadero objetivo no es solo detener la remilitarización, sino erradicar el coloniaje. Solo un Puerto Rico independiente podrá decidir sobre su territorio y garantizar que nunca más seamos usados como base de guerra.
Por eso es urgente que el independentismo y la izquierda actúen unidos, no únicamente en protestas reactivas, sino en una campaña permanente de educación y organización. La denuncia contra la remilitarización debe ir acompañada de la afirmación de un proyecto nacional: descolonización e independencia. Ese es el horizonte que evitará que las luchas se evaporen en victorias parciales.
Puerto Rico no necesita bases militares, necesita justicia, desarrollo sustentable y soberanía. Decir no a la remilitarización es decir sí a la vida, a la dignidad y al futuro. La historia nos dio otra oportunidad: no la desperdiciemos.





