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¿Cómo sería un estado no querido?

Ey Boricua Por Ey Boricua
22 de marzo de 2026
En OPINIÓN
Tiempo de leer:12 mins de lectura
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Más que una solución de estatus, una estadidad no deseada podría convertirse en la forma más dolorosa de subordinación

Por Wilda Rodríguez
Periodista

“¿Hay cariño o no hay cariño?”

Ese fue aquí un refrán famoso antes de la era de los memes. Me hace pensar en cómo sería Puerto Rico como un estado no querido; si nos dieran la estadidad y “el americano” nos recibiera sin ese cariño imprescindible en cualquier relación.

Imagínense si algo lleva a Trump a darle la estadidad a Puerto Rico, aun contra su preferencia expresada por Groenlandia, Venezuela, México y Cuba, y lo hace sin reparar en la opinión de su propia gente de derecha, que no dudaría en expresar su rechazo, sutil o abiertamente.

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¿Cómo reaccionarían los puertorriqueños?

Valga decir que, hacia el centro “liberal” de la derecha, hay también una cierta animosidad, muchas veces velada, en otros sectores de la población estadounidense hacia nosotros. Esa también puede manifestarse de alguna manera que nos sea imposible ignorar.

“No voy a donde no me quieren”. Otro refrán de nuestro arsenal que nos inculcan desde chiquitos. No ir donde no te invitan o irte de donde no te quieren. Evitar incomodidad y humillaciones.

No estoy hablando de la sensación de no ser querido, que puede ser síntoma de un problema de autoestima, depresión o miedo al rechazo, y que se catalogaría como un problema de salud mental. Estoy hablando de cuando se hace evidente que no eres bienvenido con afecto, que ya nos lo han dicho de boca, y te lo hacen ver de alguna manera, sutil o letal.

La mayoría de los colonizados probablemente fingirá que no pasa nada o se tragará el orgullo para no molestar. Más de quinientos años de coloniaje son detonante de un síndrome de Estocolmo bien fuerte.

No sé si la mayoría se quedaría encerrada, como en pandemia, o nos iríamos de chinchorreo a buscar bulla que pueda recalar en una confrontación civil. Habrá los que nos sublevamos, como los hay también del otro lado si nos dieran la independencia así porque sí.

Tampoco sé si en la diáspora reaccionarían dependiendo de cuán civilizados sean los vecinos inmediatos. Un boricua en Alabama no va a reaccionar igual que un boricua en Nueva York. Lo que sí sé es que ambos están mejor preparados para detectar una sonrisa hostil y una agresión. El rechazo no les es ajeno. Quizás para los del archipiélago sea un alivio estar a más de 1,500 millas de los rednecks.

Sé de vecinos que fueron míos en Nueva York que no disimularían ni con un “Good morning”. Sé de gringos en Puerto Rico que se montarían en el próximo avión porque “Puerto Ricans are gonna go wild”. Eso le va a doler a mucha gente.

Tienen ustedes que reconocer que la pregunta de cómo vivir sin cariño es válida y preocupante.

No vamos a estar completamente solos, que conste. Hay estadounidenses que nos quieren de verdad y van a sacar la cara por nosotros. Mi yerno. Nos va a defender a como dé lugar. Es un puertorriqueñista “with an attitude”.

Para los que ya están reprendiéndome en voz alta porque sería lo mismo si nos imponen la independencia, esa no es la pregunta, y yo pregunté primero. Aunque ustedes saben que el rumor es que los estadistas se van a otro estado si llegara la independencia, si se los permiten, y los independentistas se quedan a meter mano.

El imperio puede hacer con la colonia lo que le apetezca. Su preferencia ha sido y será la colonia permanente; pero, entre independencia y estadidad sin términos medios, la fácil: mejor tenernos in a short leash. A menos que se convenzan de que podemos ser “un guabá en el pecho” y nos manden para el carajo de una buena vez.

Por otro lado, sabemos que, en la colonia, si sumamos estadistas y estadolibristas, la mayoría prefiere el vínculo permanente. La pregunta es si eso ocurre sin una invitación clara y contundente de los estadounidenses para que durmamos con ellos en su cama.

Que eso no haya pasado con los últimos estados anexionados merece un poco de historia.

Los últimos estados que ingresaron al junte fueron Alaska y Hawái, en 1959, antes de las redes sociales y la inteligencia artificial. Nos llegaron muy pocas noticias de lo que le pasó a Hawái hasta que Bad Bunny lo puso en nuestro mapa emocional. Les cuento:

Un referéndum en 1959 obtuvo el 93 % de la población votante a favor de la estadidad en Hawái. El detalle es que la mayoría de esa población no era hawaiana. Era estadounidense.

Los hawaianos habían sido ninguneados por los estadounidenses hasta ponerle la tapa al pomo con un golpe de Estado que derrocó el Reino de Hawái en 1893 y despojó a los hawaianos de sus tierras más valiosas para establecer una hegemonía económica estadounidense y una base en el Pacífico, cerca de Pearl Harbor. También prohibió el uso del idioma hawaiano y las prácticas culturales tradicionales, convirtiendo la cultura hawaiana en mercancía de turismo. Los hawaianos, cuya mayoría siempre se opuso a la estadidad, a sesenta y cinco años como estado tienen los empleos de más bajo sueldo, las más altas tasas de pobreza y las peores condiciones de salud.

Bueno saber que, en 1993, el gobierno de Estados Unidos les pidió perdón a los hawaianos por el golpe de Estado de 1893 que los despojó de su reino y su soberanía. Pero no se los devolvió.

También querrán saber que sí, hay una comunidad puertorriqueña en Hawái descendiente de emigrantes trabajadores de la caña a principios del siglo 20. Se les llama borinkis, son unos 30,000 y mantienen una identidad puertorriqueña fuerte. Se identifican con la lucha de los hawaianos por sus tierras y su cultura, pero no hay una lucha contra la ciudadanía estadounidense.

Vamos a Alaska. Rusia le vendió Alaska a Estados Unidos en 1867 por $7.2 millones. Era un territorio lleno de tribus nativas, que se denominan generalmente como inuit, el pueblo, porque el término “esquimal” es considerado colonial y peyorativo.

La percepción en Estados Unidos era de que se había hecho una mala compra de aquella “nevera” hasta que, a fines de ese siglo, se descubrieron depósitos de oro y luego de petróleo y gas. La compra resultó ser un buen negocio.

Aun así, los estadounidenses no recibieron Alaska con entusiasmo desbordado. Ni les fue ni les vino. La estadidad ganó en un referéndum en 1958, con el 83 % de los que salieron a votar. La pregunta era sí o no a la estadidad, sin opciones sobre la soberanía nativa o una autonomía territorial. Menos de la mitad de los nativos participó en el referéndum. Muchos no podían ni llegar a votar; otros no se enteraron. Alaska es bien grande y frío. El tránsito es difícil y las noticias no siempre llegan a tiempo.

Para 1971, Estados Unidos pasó una ley para devolverles tierras, no todas, y compensar económicamente a los inuit por todo lo que les quitaron. No parece haber sido suficiente porque las tribus de Alaska mantienen pugnas por sus tierras con los intereses industriales y petroleros estadounidenses, y luchan por su soberanía, sus tierras y su cultura con el gobierno de Washington.

Explicado esto, volvemos a la pregunta original: ¿cómo sería un estado sin cariño?

Los estadistas me dirán que esto es un prejuicio mío. Que los gringos nos quieren mucho.

Citando los números, la última encuesta de Gallup, en 2019, indica que el 66 % de los estadounidenses vería con buenos ojos que Puerto Rico sea un estado. YouGov, una firma del Reino Unido de investigación de mercados, hizo una encuesta sobre el tema en octubre de 2024. Esa reflejó que un 59 % apoyaría la estadidad con una condición: “Si eso es lo que quieren los puertorriqueños”. Igualmente, apoyaría la independencia, 52 %, “si eso es lo que quieren los puertorriqueños”. La encuesta de Gallup también reflejó la intención de que los puertorriqueños decidan primero.

Ambas encuestas fueron hechas antes de las elecciones de 2024, en las que se movilizaron los electores republicanos, sobre 2 millones más, a favor de Trump, que no nos quiere bien. Prefiere a Cuba, que “no está en la ruta de los huracanes, lo cual es un alivio porque no estarán pidiendo ayuda todas las semanas”. ¿Cómo afectaría ese nuevo brote de crecimiento de la derecha extrema a la aceptación de Puerto Rico como estado? No lo sé, pero me lo imagino.

Sé que no hay cariño, aunque haya visto bueno. No nos quieren como hermanos. Lo digo desde la experiencia y el conocimiento político. No solamente viví muchos años allá; participé activamente en la política con blancos, afroamericanos, latinos y asiáticos.

Sé de primera mano que el asunto de la cultura y el idioma va a ser preponderante en cualquier discusión previa a la votación de los estadounidenses sobre la estadidad para Puerto Rico. Porque no olviden que el asunto tendría que ir a votación de los electores estadounidenses, a menos que Trump se saque de la manga una decisión por orden ejecutiva.

Si usted les dice a los “americanos” que Puerto Rico quiere ser un estado que conserve su idioma español, su cultura “folclórica”, sus equipos olímpicos y sus mujeres bellas compitiendo con las Barbies, les aseguro que nos dicen que no.

Lo contrario, ceder nuestro idioma, nuestra cultura, nuestros talentos deportivos y artísticos y negarle nuestra belleza a competencias internacionales, no es negociable para la mayoría de los puertorriqueños, sean o no estadistas. Somos más Bad Bunny que Daddy Yankee.

La pregunta era cómo sería vivir en un estado no deseado. Fíjense que en ningún momento he dicho despreciado. La aguja de la balanza que yo planteo puede ir desde la malquerencia de Trump hasta la tolerancia de los que no se sientan amenazados por nuestra adopción. Hay quienes nos desprecian, nos rechazan y hasta se burlan del sueño estadista. Pero quiero pensar que también son hipócritas y no nos van a matar en las calles por decir puñeta.

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Vamos a pensar que nos toleran y no se forman motines de rednecks para guindarnos del primer árbol que encuentren. Aun así, creo que sería bien incómodo ser un estado no deseado, y los puertorriqueños, cuando nos incomodamos, reaccionamos de muchas maneras.

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Tags: coloniaestadidadidentidadopiniónPuerto Ricorechazotensión política
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