El Banco de Alimentos y la Asociación de Salud Primaria describen cómo la pobreza, la soledad y la falta de transportación dificultan la alimentación y el cuidado de pacientes con condiciones crónicas
El Banco de Alimentos de Puerto Rico ha registrado un aumento significativo en las solicitudes de comida, en un escenario que su presidenta y principal oficial ejecutiva, Mari Jo Laborde, describe como especialmente difícil para los adultos mayores que viven solos, dependen de ingresos fijos y no tienen transportación para llegar a un supermercado.
La necesidad también entra al consultorio. Cuando un paciente no consigue los alimentos adecuados para manejar una condición crónica, el tratamiento enfrenta una barrera que una receta de medicamentos no resuelve, explicó Laborde en entrevista con ¡Ey! Boricua.
“El paciente no tiene los alimentos, por lo tanto no se alimenta bien, por lo tanto sigue con la condición médica que nunca se mejora”, sostuvo al describir el ciclo que buscan atender mediante el uso de alimentos como parte del cuidado médico.
Como respuesta, el Banco de Alimentos colabora con 19 clínicas de los centros de salud primaria, conocidos como centros 330. Según Laborde, cada clínica atiende entre 25 y 50 pacientes mediante modalidades que incluyen cajas de comida y farmacias de alimentos. Los productos se entregan gratuitamente a quienes cualifican.
Christian Viera, líder de Integraciones Clínicas y Alianzas de la Asociación de Salud Primaria de Puerto Rico, explicó en otra entrevista con ¡Ey! Boricua que la colaboración lleva más de cinco años. El objetivo es pasar de detectar la inseguridad alimentaria a atenderla junto con las necesidades de salud.
La entrega de comida está acompañada de educación nutricional, laboratorios y seguimiento del equipo interdisciplinario. Viera indicó que han observado mejoras en los niveles de glucosa y en el control de la diabetes entre participantes, aunque no ofreció cifras sobre la magnitud de esos cambios durante la entrevista.
La receta incluye alimentos y seguimiento
La inseguridad alimentaria, explicó, consiste en no tener acceso constante a los alimentos necesarios. Su planteamiento es que identificar esa necesidad en una consulta resulta insuficiente si el paciente regresa a su casa sin recursos para atenderla.
En una de las modalidades, el Banco de Alimentos prepara cajas que los centros distribuyen una vez al mes. En otra, el propio centro habilita una farmacia de alimentos, un espacio similar a una pequeña tienda donde el paciente selecciona productos conforme a una receta de su médico o nutricionista.
“Estas cajas de alimento o estas intervenciones vienen acompañadas de educación, nunca se le da la caja sola”, recalcó Viera.
Los profesionales orientan sobre cómo preparar y consumir los productos y acompañan al paciente en el proceso. Entre los esfuerzos que mencionó figuran Lonchera Dorada y las farmacias de alimentos. Estas últimas también pueden atender poblaciones más jóvenes, según el diseño de cada centro.
La distancia también decide qué se come
Para Laborde, los obstáculos son más profundos entre adultos mayores que dependen del Programa de Asistencia Nutricional (PAN) y del Seguro Social. Además de comida, necesitan pagar medicamentos, artículos de aseo y otros gastos básicos que compiten por un presupuesto limitado.
La falta de dinero se combina con la soledad y la movilidad. Describió comunidades donde llegar a un colmado puede requerir 35 minutos de viaje y el supermercado queda a una hora. Para una persona que no conduce o necesita que alguien la lleve, esa distancia puede determinar lo que termina comiendo.
Laborde identificó municipios de la montaña y del sur, entre ellos Adjuntas, Jayuya, Maricao y Utuado, como zonas donde cuesta mantener una respuesta continua. Señaló que la salida de población joven y los efectos acumulados de huracanes, terremotos, la pandemia y la sequía han complicado la recuperación de esas comunidades.
Viera distinguió dos escenarios que afectan el acceso. En los desiertos alimentarios, las personas viven lejos de establecimientos donde conseguir comida. En los llamados pantanos alimentarios, encuentran principalmente productos ultraprocesados y pocas opciones frescas.
Como ejemplo de este último, mencionó comunidades cuya alternativa cercana es una gasolinera con gaseosas, dulces y otros productos ultraprocesados. La elección, explicó, puede quedar limitada por lo que existe y lo que la persona puede alcanzar.
El Banco de Alimentos cuenta con 30 empleados y llega a los 78 municipios mediante una red de 162 organizaciones aliadas, según Laborde. Además, realiza distribuciones directas semanales en comunidades con inseguridad alimentaria y altos niveles de pobreza.
Sin embargo, la entidad busca más organizaciones con capacidad para trabajar de forma permanente en las zonas de la montaña donde tiene menos apoyo. Rescatar comida de la cadena de alimentos es solo una parte del esfuerzo: también hace falta llevarla hasta las personas y mantener la distribución.
«Nosotros vamos y venimos y estamos una vez al mes, pero el hambre es todos los días».
El reto de sostener los programas
La continuidad de las intervenciones clínicas presenta otro desafío: quién las paga. Viera propuso explorar reembolsos de las aseguradoras mediante Medicaid, incluida una posible exención bajo la sección 1115, para que los centros puedan reinvertir en los programas.
“Estos programas son buenos, pero cuestan”, expresó. Aclaró que lo planteaba como una meta que desean impulsar en Puerto Rico, no como una cubierta ya disponible.
En una comunicación de marzo de 2025, los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid retiraron sus guías anteriores sobre necesidades sociales relacionadas con la salud e indicaron que evaluarían las solicitudes de cobertura caso por caso.
Laborde insistió en que sostener la presencia comunitaria exige ampliar las alianzas. La información sobre los programas y las vías para colaborar está disponible en el Banco de Alimentos de Puerto Rico; la Asociación de Salud Primaria mantiene un directorio de centros y sus contactos.




